Sunday, 16 June 2019

La Santísima. Trinidad ¡Gloria a ti Padre, a ti Hijo, a ti Espíritu Santo!





Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cfr 1Gv 4,8): el Padre, que en la plenitud del tiempo envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; y el Espíritu Santo, que condujo a la Iglesia a través de los siglos en la espera del regreso glorioso del Señor.



La Trinidad divina ha puesto su morada en nosotros el día del nuestro Bautismo: “Yo te bautizo –dijo el sacerdote- en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. El nombre de Dios, en el cual hemos sido bautizados, lo recordamos cada vez que nos hacemos la señal de la cruz. El teólogo Romano Guardino, a propósito de la señal de la cruz, observa: “lo hacemos primero en la oración, para que… nos ponga espiritualmente en orden; concentre en Dios nuestros pensamientos, el corazón y nuestra voluntad; después de la oración, para que permanezca en nosotros lo que Dios nos ha donado… Esta señal abraza todo el ser, cuerpo y alma,… y todo queda consagrado en el nombre de Dios uno y trino”.



En la señal de la cruz y en el nombre del Dios viviente está contenido el anuncio que genera la fe e inspira la oración.



Dios es amor, es comunión de Personas. Dios no es soledad; si no fuera en grado de expresar en sí mismo una comunión de personas no habría podido crear hombres capaces de recibir y de donar amor, a su imagen y semejanza. “La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unión de las personas divinas entre sí” (Catecismo de la Iglesia Católica 1702).



 “Pero ¿en qué Dios creemos? Tal vez en un Dios difundido – dice provocadoramente el Papa Francisco -  que más o menos está por doquier pero que no se sabe lo que es. Nosotros creemos en Dios que es Padre, que es Hijo y que es Espíritu Santo. Nosotros creemos en personas, y cuando hablamos con Dios hablamos con personas: hablo con el Padre, o hablo con el Hijo, o hablo con el Espíritu Santo. Y esta es la fe”.



En cada Misa hay un momento de singular grandeza, es cuando en Cristo Salvador que renueva el don de su vida, se da la verdadera gloria a la Trinidad. El glorificar a la Trinidad y acoger la salvación de Cristo es el momento supremo de la vida de la Iglesia y de cada cristiano: “Por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos”.



Podemos meditar cómo María Santísima vivió intensamente su relación personal con las Personas de la Trinidad, o mejor, cómo las Personas de la Trinidad obraron en aquella muchacha tan humilde, disponible, generosa. María es la primera salvada, la primera redimida, la primera y la madre de todos los creyentes. El Padre llamó a la existencia a María y la preservó del pecado original; el Hijo de Dios se hizo su hijo, para su misión terrena; el Espíritu Santo la tomó como esposa e hizo nacer en ella al Salvador, el Espíritu que ella acogió en la Anunciación y en Pentecostés.



La vida cristiana debe conducirnos siempre más a una íntima familiaridad con las Personas Divinas, aprendiendo poco a poco, a través de la fe, la esperanza y la caridad, a establecer relaciones privilegiadas con cada una de ellas.

Un ejemplo purísimo nos lo da Luisa que vivió, con su matrimonio místico, una experiencia particular de inhabitación de la Trinidad.

Su testimonio lo relata en el primer volumen de sus escritos, en donde algunos días después del segundo matrimonio místico celebrado en el Paraíso en presencia de la Santísima Trinidad, en una visión refiere cómo se sintió sumergida en sí misma al punto de que no osaba decir una sola palabra, cuando sintió una voz que le decía: “No temas, anímate, hemos venido para confirmar que nos perteneces y para tomar posesión de tu corazón.

Mientras escuchaba esto, vio a la Santísima Trinidad que descendía y tomaba posición de su corazón, formando en él su sede. Su vida cambió totalmente. Se sentía divinizada, no era ya Luisa que vivía, sino que Ellos vivían en ella. Percibía como si su cuerpo fuera como una habitación y que dentro de ella habitaba el Dios viviente, porque ella sentía su presencia real. Sensiblemente, en su interior, oía claramente su voz, que salía de su interior y la escuchaba en los oídos del cuerpo. Sucedía precisamente como cuando en una habitación hay personas que hablan y sus voces se escuchan clara y distintamente incluso fuera de ella.

Desde aquel momento en adelante, Luisa no tuvo ya necesidad de ir a otro lugar a buscar a Jesús para encontrarlo, porque estaba dentro de su corazón. Y cuando alguna vez se escondía y ella salía en busca de Jesús, girando por el cielo y la tierra, encontrándose en penas inenarrables por haberlo perdido, Jesús salía de su interior y le decía: “Estoy aquí contigo, no me busques en otro lugar”.



Solo quien vive una profunda comunión con Dios es capaz de describirlo; justo como hizo Luisa, que representando la esencia de Dios que habitaba en ella encontró una imagen para describir lo que vivía y lo que veía.

“Para poder explicarme mejor de acuerdo a nuestro lenguaje humano, digo que veo una sombra de Dios en toda la creación, porque en todo lo creado, en algún lugar arrojó la sombra de su belleza, en otro sus perfumes, en otro su luz… Como en el sol, en donde yo veo una sombra especial de Dios: lo veo como representado en ese planeta, como rey de todos los demás planetas.

¿Qué cosa es el sol? No es más que un globo de fuego. Uno es el globo, pero muchos son los rayos, de modo tal que podemos comprender fácilmente que el globo es Dios y los rayos los inmensos atributos de Dios.

El sol es fuego, pero al mismo tiempo es luz y calor, por lo tanto la Santísima Trinidad está representada en el sol: el fuego es el Padre, la luz es el Hijo, el calor es el Espíritu Santo, pero uno es el sol. Y como no se puede dividir el fuego de la luz y del calor, así una es la potencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que entre sí no pueden realmente separarse. Y como el fuego al mismo tiempo produce la luz y el calor, así no se puede concebir al Padre antes que al Hijo y al Espíritu Santo, y así mutuamente tienen los tres el mismo principio eterno.

Añado que la luz del sol se expande por doquier; así Dios, con su inmensidad todo lo penetra. Pero recordémonos que esto no es sino una sombra, porque el sol no puede llegar a donde no puede entrar con su luz, pero Dios todo lo penetra. Dios es Espíritu purísimo y nosotros lo podemos ver representado en el sol, que hace penetrar sus rayos por doquier, sin que nadie pueda tomarlo entre sus manos. Más aún, Dios todo lo ve, las iniquidades, las infamias de los hombres, y él permanece siempre siendo lo que es, puro, santo, inmaculado. Sombra de Dios es el sol, que manda su luz sobre las inmundicias y permanece inmaculado, en el fuego expande su luz y no arde, en el mar, en los ríos y no se ahoga; da luz a todos, todo lo fecunda, da vida a todo con su calor y su luz no disminuye, ni pierde nada de su calor; y mucho más: mientras hace tanto bien a todos, él no tiene necesidad de nadie y permanece siempre siendo lo que es: majestoso, radiante, sin jamás mutarse.

¡Oh, qué bien se pueden ver en el sol las cualidades divinas! Con su inmensidad se encuentra en el fuego y no se quema, en el mar y no se ahoga, debajo de nuestros pies y no se le pisa, da a todos y no empobrece y de nadie tiene necesidad; todo lo ve, es más, es todo ojos y no hay cosa que no escuche, y está al día de cada fibra de nuestro corazón, de cada pensamiento de nuestra mente, y siendo Espíritu purísimo no tiene ni oídos, ni ojos y no hay cosa alguna por la cual se mute. El sol, invistiendo el mundo con su luz no se cansa. Así también Dios, dando vida a todos, ayudando y rigiendo el  mundo, no se fatiga. El hombre, para no gozar más de la luz del sol y de sus benéficos influjos, puede esconderse, puede poner obstáculos, pero no puede hacerle nada al sol, el sigue siendo lo que es, todo el mal será para el hombre. Así el pecador, con el pecado puede alejarse de Dios y no puede gozar de sus benéficos influjos, pero a Dios no le hace nada, el mal es todo para él.

También la redondez del sol es para mí símbolo de la eternidad de Dios, que no tiene principio ni fin. La misma luz penetrante del sol, que nadie puede encerrar en su ojo y que, si quisiera fijar su mirada en él durante el pleno medio día, quedaría deslumbrado, y si el sol quisiera acercarse al hombre, el hombre quedaría incinerado, así es el Sol Divino: ninguna mente creada puede encerrarlo en su pequeña mente para comprenderlo en todo lo que es, y si quisiera esforzarse para hacerlo, quedaría deslumbrada y confundida, y si este Sol Divino quisiera desahogar todo su amor, haciendo que el hombre lo sintiera mientras está en su carne mortal, quedaría incinerado. De manera que puso una sombra de sí mismo y de sus perfecciones en toda la creación, de tal modo que parece que lo vemos y lo tocamos y quedamos tocados continuamente por él”.



Debemos aprender a considerar a la Trinidad como el corazón profundo de toda la realidad, el corazón de nuestra persona, el corazón de las relaciones que mantenemos, el corazón de los acontecimientos, el corazón de la historia, el corazón de la creación, el corazón del tiempo y el corazón de la eternidad.



FIAT!

don Marco

Sunday, 3 February 2019

Actos en el Querer Divino – El primer acto de Dios


"Fiat Voluntas Tua sicut in Coelo et in terra"


La vida en santidad no es una noveda insertada en algún momento de la vida del hombre. No debemos olvidar que es la únca, es el primer deseo de Dios, nuestro Padre Creador. En el exceso de Su Amor, creó al hombre para que se recreara con todos los bienes de la Creación, puestos a su disposición y sobre los cuales le dio libertad de dominar  (cf. Gen 1: 27-29).

En el Edén, Adán caminaba con Dios, vivía en santidad, ciertamente realizaba sus primeros actos en el Reino del Fiat Divino, hasta que tropezó con uno de los tres poderes con los que Dios lo dotó para que fuese similar a Él: La voluntad.

En los Escritos, mientras Luisa se pregunta acerca de la santidad de Adán, Jesús destaca la santidad de ella. Nuestro antepasado poseía tal santidad cuando fue creado por Dios, e incluso sus acciones más pequeñas tenían tal valor, que ningún santo, ni antes ni después de la venida de Jesucristo a la tierra, puede compararse con su santidad y todos sus actos juntos no tienen el valor de un sólo acto de Adán. Adán poseía en sí mismo la Divina Voluntad, poseía la plenitud de la santidad, la totalidad de todos los bienes divinos para poder llenar el Cielo y la tierra sobre los cuales él tenía dominio. Cada uno de sus actios fue hecho en la plenitud de todos los bienes divinos.

En sus actos, le dio a su Padre celestial toda la gloria, ese amor pleno, que ninguna criatura le dio, porque solo en la Divina Voluntad estos actos tienen un valor infinito. No existen fuera de ella. Adán participaba en la Divinidad al tener las riquezas de la Voluntad Eterna, porque a Dios, al crearle, no dejó nada fuera, en todo le fue dada tanta plenitud divina commo le era posible contener a la criatura. Y esto, mientras vivió en el Reino de la Divina Voluntad, reprodució en sí la imagen más hermosa que Dios quizo darle, dotándolo de voluntad, intelecto y memoria.

En la voluntad se refleja el Padre Celestial, que como Primer Acto, comunicó Su poder, Su Santidad, Su altura, a la cual fue elevada la voluntad humana, invistiéndola de Su propia Santidad, Poder y Nobleza ... entre las dos voluntades, todo estaba en común. , en mutuo acuerdo. Y es así como, en su primer acto, la voluntad de Adán fue constituida libre, independiente, tal como fue el primer acto de la Voluntad del Padre Celestial. Mientras que el Hijo y el Espíritu Santo  concurrieron en segundo y tercer acto. El Hijo, dotándolo de intelecto, el Espíritu Santo dotandólo  de memoria.

Con Luisa, durante su formación, Jesús nos enseña a todos a vivir, con nuestros actos, en Su Divina Voluntad y, sobre todo, a no salir de Ella. Todas las acciones hechas en Su Voluntad son tan apreciadas que tan pronto como el alma entra en Ella para actuar, Su luz la rodea y Jesús mismo corre para hacer que Su acto sea uno junto con el de la criatura, sean uno, y ya que Él es el primer acto de toda la Creación, sin Su primer impulso, todas las cosas creadas permanecerían paralizadas, sin fuerza e impotentes ante el más mínimo movimiento. La vida está en movimiento; sin ella todo está muerto.

Explica Jesús a Luisa que es Él, el primer movimiento, el que da vida y pone en acción a todos los otros movimientos. En tu primer movimiento, la Creación te rodea. Al igual que un carro en el que, al poner en marcha la primer rueda, se ponen en movimiento las demás ruedas. Entonces aquellos que trabajan en la Divina Voluntad se mueven en Su primer movimiento y de ahi van a encontrar y a operar en el movimiento de todas las criaturas ... aquellos que viven en la Divina Voluntad sustituyen a todos, Lo defienden de todo y resguardan Su movimiento, que es Su misma vida

Los Ángeles, por ejemplo, se conservan hermosos y puros tal como salieron de las manos del Creador. Siempre han permanecido en ese Primer Acto en el que fueron creados; por lo tanto, estando en ese Primer Acto de su existencia, están en ese único Acto de la Divina Voluntad que, sin conocer otra sucesión de actos, no cambia, y contiene en sí todos los bienes posibles e imaginables. Toda su felicidad es permanecer voluntariamente en ese Acto Único de la Divina Voluntad. Todo lo encuentran en el circuito de la Divina Voluntad, no quieren ser felices de otra manera, sino sólo con lo que la Divina Voluntad les suministra.

Así, en la creación del hombre, la Divina Voluntad le fue dada como vida primaria y primer acto de todas sus obras. Debido a que creció en gracia y belleza, necesitó una Voluntad Suprema, que no solo acompañaba a su voluntad humana, sino que reemplazaba el trabajo de la criatura. La Voluntad Divina entra en la vida primaria de la criatura, y mientras se mantienga en ese primer Acto, que es su vida, la criatura siempre crece en gracia, en luz, en belleza, preserva el vínculo del primer Acto de la creación, dando A la Santísima Trinidad la gloria de todas las cosas creadas.

Todos los hechos en la Divina Voluntad entran en el Primer Acto, cuando se originó toda la Creación, y los actos de la criatura, besándose con los de la Divinidad, porque una es la Voluntad que da vida a estos actos, se difunden en todas las cosas creadas, tal como la Divina Voluntad se difunde en todas partes, y están constituidos por el intercambio de amor, de adoración y de gloria continua por todo lo que ha sido puesto en la Creación.

Al principio, con la virtud de la Divina Voluntad, la santidad del hombre estaba completa, porque provenía de un acto completo de Dios: era santo y feliz en el alma, así como santo y feliz en el cuerpo, porque la Divina Voluntad le traía los reflejos de la santidad de su Creador.

Ahora, cada criatura debe recorrer este camino para volver al punto donde se produjo la división; regresar para tomar la Voluntad Divina como vida, como regla y como alimento, para purificarse, para ennoblecerse, para divinizarse y para tomar el Primer Acto de la Creación, ya que la Venida del Divino Hijo a la tierra fue precisamente el primer acto: Dar a conocer la Voluntad de Dios Padre para renovarla nuevamente en las criaturas.

Al fusionar todo en la Divina Voluntad, el alma se "reordena", vuelve al principio de donde surgió y se restaura el orden entre el Creador y la criatura. Todas las cosas están en orden, tienen un lugar de honor, son perfectas cuando no se mueven del principio de donde salieron. Los actos realizados en la Divina Voluntad, y solo éstos, vuelven al principio donde se creó el alma y cobran vida en el contexto de la eternidad, trayendo a su Creador los tributos divinos, la gloria de Su propia Voluntad.



Majestad Suprema y Creador de todas las cosas,

en tu Voluntad, he viajado alrededor de todo,

para que todas las cosas puedan glorificarte, amarte y bendecirte,

que tu Voluntad descienda a la tierra,

para que pueda entrelazar y fortalecer todas las relaciones entre Creador y la criatura,

y así todas las cosas vuelvan al primer orden, establecido por Tí.

FIAT!



Riccardina

Tuesday, 15 January 2019

Bautismo del Señor Bautizados en Espíritu Santo y fuego



Es la fiesta del Bautismo del Señor. La página del Evangelio subraya que, cuando Jesús recibió el bautismo por Juan en el río Jordán, «se abrió el cielo». Esto realiza las profecías. La Biblia trae esta invocación: «¡Si rasgaras el cielo y descendieras”» (Is 63,19). Si los cielos permanecen cerrados, nuestro horizonte en esta vida terrenal es obscura, sin esperanza. En cambio, celebrando la llegada, la fe nos da la certeza de que los cielos se rasgaron, se abrieron. En el día del bautismo de Jesús seguimos contemplando los cielos abiertos. La manifestación del Hijo de Dios en la tierra marca el comienzo del gran tiempo de la misericordia, después de que el pecado había cerrado los cielos, levantando como una barrera entre el ser humano y su Creador.

Con el nacimiento de Jesús, ¡los cielos se abren! Dios nos da en Cristo la garantía de un amor indestructible. Desde que el Hijo de Dios se hizo carne, es posible ver los cielos abiertos. Fue posible para los pastores de Belén, para los Magos de Oriente, para el Bautista, para los Ápostoles de Jesús, para San Esteban, el primer mártir, que exclamó: «¡Veo el cielo abierto!» (He 7,56). Y también es posible para cada uno de nosotros, si nos dejamos invadir del amor de Dios, que se nos donó por primera vez en el Bautismo a través del Espíritu Santo. ¡Dejémonos invadir del amor de Dios! ¡Ese es el tiempo de la misericordia!

Cuando Jesús recibió el bautismo de penitencia por Juan el Baurista, solidarizando con el pueblo penitente - Él sin pecado y no necesitado de conversión - Dios Padre hizo sentir su voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado: en ti puse mi complacencia». Jesús recibe la aprobación del Padre Celestial, que lo envió precisamente para que acepte compartir nuesta condición, nuestra pobreza. Compartir es la verdadera manera de amar. Jesús no se disocia de nosotros, sino que nos considera hermanos, y comparte con nosotros. Y así nos hace hijos de Dios Padre, junto a Él. Ésta es la revelación y la fuente del verdadero amor. ¡Y éste es el gran tiempo de la misericordia!

“¿No les parece que en nuestro tiempo se necesita un suplemento de fraternidad y amor? ¿No les parece que todos necesitamos un suplemento de caridad? No esa caridad que se conforma con la ayuda improvisada que no nos involucra, no nos pone en juego, sino la caridad que comparte, que se hace cargo del malestar y del sufrimiento del hermano. ¡Qué buen sabor adquiere la vida cuando dejamos que la inunde el amor de Dios!” (Papa Francisco)

Y ahora pensemos y renovemos la gracia de nuestro Bautismo. «Yo los bautizo con agua, pero viene Uno que es más poderoso que yo... Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego». Yo soy bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; soy consagrado en el Espíritu Santo, soy el templo del Espíritu Santo y el fuego de su amor.

Esto es hermoso cuando bautizamos a los niños. Cada niño que nace es un don de alegría y esperanza, y casa niño que se bautiza es un prodigio de la fe y una fiesta para la familia de Dios. Esto es importante cuando bautizamos a jóvenes y adultos. Esto es vida cristiana para todos nosotros, que todos los días vivimos la gracia de nuestro bautismo, la gracia en la que crecemos y maduramos, realizando una verdadera vida y en plenitud ante Dios y el prójimo, por nosotros mismos y el bien de los demás, que son verdaderos hermanos.

¡Los cielos se abren! Lo que se hace en la Divina Voluntad, le dice Jesús a Luisa el 10 de marzo de 1935, no permanece bajo en la tierra, sino que sale hacia el cielo, para tomar su lugar.

El Cielo siempre está abierto para los que viven en mi Voluntad, Ella baja y hace junto con la criatura lo que ella hace, ama junto con ella, obra, reza, sufre, adora, y repara y ama tanto estos actos hechos juntos, que no los deja abajo en la tierra, sino que se los lleva en la estancia Celestial, para que tomen su lugar real, como conquistas hechas en el mundo bajo, que pertenecen a Ella y a su amada criatura. Lo que se hace en el Querer Divino, pertenece al Cielo, la tierra no es digna de poseer, y, ¡qué seguridad, qué felicidad adquiere la criatura, pensando en que sus actos están bajo el poder del “Fiat Divino” y se encuentran en el Cielo como sus propiedades no humanas sino divinas, y esperan a la que quieren cortejar para formar su trono de gloria! Es tanto el amor, sus celos, la identificación que siente con estos actos hechos en su Querer, que ni siquiera los deja en la criatura, sino que se los queda consigo, como partes de su vida y de la criatura, para disfrutarlos y saborear el amor, y los percibe como una antelación de la gloria que debe darle a la criatura en la Patria Celestial.

Estos actos hechos en el Querer Divino sirven de narradores de la historia de amor entre el Creador y la criatura, no hay gusto más grande que escuchar cuánto Dios ha amado, como su amor llega al exceso, hasta bajarse, hacer juntos no sólo lo que hace la criatura, sino también su amor, que recibió el acto divino en el suyo, por eso se forma un amor recíproco entre el uno y el otro, que se regocijan mutuamente.

Es hermoso ver que, mientras la criatura aún está en el exilio, sus actos están en el Cielo, como conquistas de Dios hechas en la voluntad humana, y cada uno de ellos toma su oficio: los que lo aman, como Él sabe hacerlo, los que lo adoran, con adoraciones divina, y los que le forman las músicas celestiales para cantarle himnos, alabarlo y darle las gracias por el gran portento de la obra de la Divina Voluntad.

don Marco

Los Actos en el Querer Divino: impetrar la Venida del Reino.

¡Que venga tu reino!


Uno solo es el deseo de Dios, uno solo Su intento, establecer Su reino de amor en la tierra, en medio de las creaturas y para bien de éstas, porque cada una posee la vida divina por derecho, al haber sido redimidas por su Hijo Jesús con Su propia vida, Su muerte en la cruz, atestiguada con su resurrección. La vida en la Divina Voluntad, explica Jesús a Luisa, es dar Dios a Dios, es efusión divina, la transformación de la naturaleza humana en divina, la comunicación de la virtud creativa, abrazando el Infinito, elevándose en el Eterno. Vivir en el Querer Divino es el llamado de todos los actos de las criaturas en la unidad de la Divina Voluntad. Y quienquiera que viva en el Fiat Divino, abrazando todo y a todos, obtendrá de Dios, este gran bien.

Lo que Él recomienda a Luisa y a cualquiera que venga a conocer el don de su Divina Voluntad es nunca dejarla, porque, siendo Su Querer eterno, lo que se hace en la Divina Voluntad adquiere un valor eterno, inmenso e infinito, y la constancia al pedir, forma la vida del bien que se pide, dispone al alma a recibir el bien que desea y mueve a Dios a conceder el don solicitado.

Con la constante repetición de actos y oraciones que realiza la criatura, forma en sí misma la vida, el ejercicio, el hábito del bien que se pide. Dios, vencido por la constancia con que ésta pide, se lo concede y,  encuentra en la criatura, en virtud de la repetición de sus actos, la vida del mismo don que Le hace, convierte en naturaleza el bien solicitado, y la criatura queda poseída y victoriosa, transformada en el don que ha recibido. Por lo tanto, el pedir incesantemente el reino de la Divina Voluntad forma en el alma su propia vida, la vida de su amor; y al pedir el reino de la Divina Voluntad para todos, es el preludio para que otros pueden recibir el gran don del Fiat Supremo.

Es cierto que la mayor dificultad para el alma radica en mantenerse firme en la Divina Voluntad, pero cuán consoladora y sobre todo, cuán maravilloso es encontrar en los Escritos otra revelación de Jesús: que nada se pierde ni se destruye en la Divina Voluntad. Como la luz y el calor son inseparables... los actos de la criatura hechos en Ella, son inseparables del Divino Querer, y como la Divina Voluntad no está sujeta a la extinción, porque es eterna e inmensa luz, los mismos actos permanecen eternamente, incluso Si el alma saliera de la Divina Voluntad.

Por lo tanto, cuando Adán pecó, salió de la Divina Voluntad, pero sus obras permanecieron en Ella. Al caer en el pecado, no fueron destruidos estos actos, estas riquezas, esta gloria y el amor perfecto que le había dado a su Creador, de hecho en virtud de ellos, y de sus obras realizadas en el Fiat Divino, mereció la redención. No, no podía quedarse sin redención, quién inclusive por un corto tiempo, ya había poseído, el Reino de la Voluntad Suprema. Quien posee este reino entra en tales lazos y derechos con Dios, que Dios mismo siente con él la fuerza de sus propias cadenas, que, al atarlo, le impide deshacerse de él. Lo que entra en la Divina Voluntad pierde su propia vida y forma vida en Ella, haciéndose inseparables.

Mientras el alma permanezca en el Divino Querer, sus actos son suyos y también de Dios, pero al salir de Ésta, pierde sus derechos sobre ellos y como éstos se hicieron en el reino de la Divina Voluntad y no en el querer humano, seguirán siendo derecho del Querer Divino, aunque hayan sido hechos por la criatura... y no hay poder humano ni divino, que pueda separar un acto realizado por la criatura en la Divina Voluntad.

Sirven para el alma que los realiza, pero deben servir como primicia, como modelo para aquellos que vivirán en el reino del Fiat Divino. Siempre son actos vivos porque están animados por el Divino Querer, ya que fueron formados por el Divino Artífice.

Son actos que contienen un poder divino; El poder que viene del mismo Jesús, quien, circunda el alma con los más grandes celos de amor, y cuando la ve dispuesta a hacer sus actos en Su Voluntad, antes de que comience el acto, hace fluir la luz y la virtud de la Divina Voluntad... cuando se está formando, la luz y la divina virtud lo envisten... y mientras se hace, la luz lo sella y le da la forma de un acto divino.

El acto en la Divina Voluntad contiene un valor infinito, tanto que la misma criatura que lo hizo no puede encerrarlo todo en sí misma, queda llena y, al no poder contenerlo, se desborda y corre en la misma inmensidad del Eterno Fiat que lo envuelve todo.

Son actos activos, corren por todas partes y envisten todo y a todos. La Divina Voluntad está en todas partes y las obras realizadas en la Divina Voluntad corren por todo el Cielo y tierra; corren al pasado, porque la Divina Voluntad existía; al presente, porque nada ha perdido de su actividad; al futuro, porque eternamente existirá. Nunca están ociosos, están llenos de luz, de amor, de santidad, de divina dulzura, y sienten la necesidad de dar luz a los que viven en la oscuridad, de dar amor a los que tienen frío, de dar santidad a los que viven en pecado, de dar dulzura divina a los que se encuentran amargados. Estos actos, verdaderos hijos del Fiat Divino, nunca se detienen, siempre giran y, si es necesario, incluso por siglos, darán el bien que poseen.

Entonces el amor divino tiembla, gime, agoniza porque la criatura viva en el Querer Supremo... siempre dispuesto a trabajar continuamente para compensar todas sus deficiencias... porque nada le falta a lo que se necesita para formar la Vida Divina en la tierra. Pero al mismo tiempo, la criatura no puede dejar de querer vivir en la Divina Voluntad, o no habría la materia prima para formar la Vida Divina en sus actos ... y como son actos hechos en conjunto, Creador con la criatura, operando desde Dios y uniendo a Dios con la criatura, Dios para dar y la criatura para recibir, son como pretexto para que el Amor Trinitario diga: "La criatura nos ha dado lugar en su acto, nos ha dado la libertad de dejarnos a hacer lo que queremos" ... y de reinar! 

El alma en Mi Voluntad se simplifica

y junto a Mí se multiplica en todos, para bien de todos.

Oh, si todos entendieran el inmenso valor de los

actos más pequeños, hechos en mi voluntad,

ningún acto se escaparía.



FIAT!

Riccardina

Homilía de Monseñor Leonardo D’Ascenzo


En la parroquia Santa Maria Greca de Corato el 18 diciembre de 2018


Liturgia del día (Jer 23,5-8; Sal 71; Mt 1,18-24)

«Cuando todavía no habían vivido juntos, María concibió a un hijo»

Este hecho significaría para ella una condena, una sentencia de muerte, la lapidación.

José expresa una justicia de nivel diferente, y es justo este modelo que José nos propone, para que se convierta para nosotros en motivo de reflexión, comparación con nuestra experiencia de vida y, entonces, también de oración. La justicia de José consiste en confiar en la Voluntad de Dios, en esta Voluntad que se le revela en un contexto particular mientras dormía, a través de un sueño, un contexto misterioso, un contexto que aquí quiere decirnos, a propósito de la Voluntad de Dios, que es una realidad que nos supera, que no siempre podemos entender, nos pide confianza, nos pide entrega, éste es el sentido de la revelación que José acoge, justo en este contexto misterio, como decía antes, mientras dormía, a través de un sueño, una Voluntad de Dios que nos alcanza y es misteriosa, en el sentido de que nos supera, pide disponibilidad, apertura del corazón, confianza en Dios, entrega.

A través de esta entrega, este acto de confianza, José, al despertar, acoge a María y Jesús, y entonces es justo este elemento particular que percibimos como elemento cerca de nosotros en este tiempo de Adviento, que es un tiempo de espera, un tiempo durante el que miramos y acogemos el ejemplo de María que es la mujer del Adviento, la mujer de la espera. Y justo mirando a ella, inspirándonos a ella, acogiéndola como un modelo, vamos hacia Jesús que llega, podemos acoger a Jesús, y éste es el Adviento, el sentido del Adviento, ir hacia Jesús que llega, nace para nosotros en carne en Belén.

Pero el Adviento es también preparación para acoger a Jesús que vendrá al final de los tiempos, en la gloria, y además, no lo olvidemos, el Adviento para nosotros es un tiempo que quiere prepararnos a educarnos a acoger a Jesús que viene todos los días: Jesús viene en el cotidiano, en lo ordinario, para poder acogerlo todos los días en la experiencia que vivimos tenemos como referencia a José, justo. La justicia que significa acogida de María como nuestro modelo de vida. Entonces, sigamos con esta Celebración recordando todas las razones que don Sergio, al comienzo de la Misa, presentó para nuestra oración, y pidámosle al Señor que nos ayude a vivir este tiempo de Adviento que nos ha acompañado Justo en la inminencia de la Navidad, pidámosle al Señor, para intercesión de María, para intercesión de José, que nos ayude a reconocer, tener un corazón y una mirada capaz de reconocer a Jesús presente con nosotros todos los días; en todas las cosas que vivimos, las más fáciles, las más difíciles, las más hermosas, ¡Jesús está! Pidamos un corazón sensible para reconocerlo, acogerlo y percibirlo así, como nuestro compañero en el camino de nuestra vida.

Arcivescovo Mons.Leonardo D'Ascenzo

“La Palabra se encarnó por exceso de amor, porque Dios está loco de amor por las criaturas”


Los “Nueve Excesos” de Amor de la Encarnación


La definición más hermosa de Dios es ésta: “Dios es Amor”. El Apóstol Juan en su Evangelio y sus cartas no hace más que recordarlo: Dios es Amor, es Amor siempre, únicamente e infinitamente Amor hacia cada uno y hacia todos.

Pablo, en la Carta a los Efesios, nos habla de la amplitud y largura, de la profundidad y altura del Amor de Dios.

El mismo Jesús, hablándole a Luisa Piccarreta, a menudo subraya esta definición de Dios (15 de junio de 1906), afirmando que toda la vida divina se puede decir que reciba vida del amor. El amor la genera, la guarda y les da vida constante a todas sus obras, tal que si no tuviera amor, no obraría y no tendría vida. Ahora las criaturas no son más que chispas que salieron del gran fuego del amor. Es inconcebible el Amor de Dios por nosotros, los humanos, con nuestras únicas fuerzas nunca llegaremos a entender en su plenitud el misterio de amor de Dios por todos y por cada uno.

Amor infinito, sublime, y en efecto Dios amó tanto el mundo, ¡que donó a su Hijo Unigénito! El amor de Dios no puede compararse a ningún amor terrenal, el Amor infinito de Dios sobra cualquier conocimiento, es un Amor sin condiciones. Él nos amó antes de que nosotros pensáramos en amarlo, no fuimos nosotros que amamos a Dios, sino él que nos amó y envió a su Hijo “No son ustedes los que me eligieron a Mí, sino Yo el que los elegí a ustedes...”. El Amor de Dios se parece a un océano inmenso, hay que sumirse adentro para que tengamos la más remota débil idea (30 de marzo de 1931). Jesús le dice a Luisa que la prerrogativa más hermosa de Su Corazón es la ternura, todas las fibras, los afectos, los deseos, el amor, los latidos de su Corazón tienen como principio la ternura, así que sus fibras son tiernas, sus afectos y deseos son muy tiernos, su amor y latidos son tan tiernos que llegan hasta licuar el Corazón por la ternura, y este amor tierno le hace amar tanto a las criaturas que se contenta con sufrir Él mismo en vez de verlos sufrir.

Luisa a menudo meditaba y contemplaba este amor sublime de Dios. En el primer volumen del Diario, Luisa escribe que a los diecisiete años, con el acercarse de la Santa Navidad, quiso prepararse a la fiesta practicando diferentes actos de virtud y meditación, y especialmente honrando los nueve meses que Jesús estuvo en el seno materno, con nueve horas de meditación al día, sobre el misterio de la Encarnación de la Palabra. De la meditación de estos nueve excesos de amor, que empujaron a Jesús a encarnarse, derivó la Novena de la Santa Navidad en la Divina Voluntad. Entonces, Luisa meditaba todos los días, durante nueve horas, todos los nueve excesos que el mismo Jesús, con trepidación y amor, le revelaba, tanto que el mismo San Aníbal, en una carta a Luisa, hablando de los nueve excesos de amor de Jesús en el seno de su Madre, escribía: “Nos quedamos estupefactos ante el inmenso Amor y el inmenso sufrimiento de nuestro Señor Jesucristo bendito por nuestro amor, la salud de las almas. Nunca leí en ningún libro algo a este respecto, una revelación tan conmovedora y penetrante”.

El mismo Jesús, a Luisa que le pregunta si otros también hablaron de su Encarnación (16 de diciembre de 1928), le dice que sí, hablaron, pero fueron palabras tomadas de la orilla del mar de su amor, pues son palabras que no poseen ternura, ni plenitud de vida. En cambio, esas pocas palabras que le dijo a ella, las dijo desde dentro de la vida de la fuente de su amor y contienen vida, fuerza irresistible, ternuras tales que sólo los muertos no sentirán piedad para Jesús, el pequeño Jesús que sufrió tantas penas desde el seno de la Mamá Celestial.

La Novena de la Santa Navidad incluye las meditaciones sobre los nueve excesos, distribuidos así en cada día:

1.      Primer día = Primer exceso de amor: Amor trinitario

2.      Segundo día = Segundo exceso de amor: Amor aniquilado

3.      Tercer día: Tercer exceso de amor: Amor devorador

4.      Cuarto día = Cuarto exceso de amor: Amor operante

5.      Quinto día = Quinto exceso de amor: Amor solitario

6.      Sexto día = Sexto exceso de amor: Amor reprimido o prisionero

7.      Séptimo día = Séptimo exceso de amor: Amor suplicante

8.      Octavo día = Octavo exceso de amor: Amor mendigo

9.      Noveno día = Noveno exceso de amor: Amor agonizante

De vez en cuando se considerará cada “Exceso” para descubrir juntos las cosas sorprendentes que Jesús le reveló a Luisa, tan llenas de luz que nunca se apaga y amor que siempre arde.  

Tonia Abbattista

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