Es la fiesta del Bautismo del Señor. La página del Evangelio subraya que, cuando Jesús recibió el bautismo por Juan en el río Jordán, «se abrió el cielo». Esto realiza las profecías. La Biblia trae esta invocación: «¡Si rasgaras el cielo y descendieras”» (Is 63,19). Si los cielos permanecen cerrados, nuestro horizonte en esta vida terrenal es obscura, sin esperanza. En cambio, celebrando la llegada, la fe nos da la certeza de que los cielos se rasgaron, se abrieron. En el día del bautismo de Jesús seguimos contemplando los cielos abiertos. La manifestación del Hijo de Dios en la tierra marca el comienzo del gran tiempo de la misericordia, después de que el pecado había cerrado los cielos, levantando como una barrera entre el ser humano y su Creador.
Con el nacimiento de Jesús, ¡los cielos se abren! Dios nos da en Cristo la garantía de un amor indestructible. Desde que el Hijo de Dios se hizo carne, es posible ver los cielos abiertos. Fue posible para los pastores de Belén, para los Magos de Oriente, para el Bautista, para los Ápostoles de Jesús, para San Esteban, el primer mártir, que exclamó: «¡Veo el cielo abierto!» (He 7,56). Y también es posible para cada uno de nosotros, si nos dejamos invadir del amor de Dios, que se nos donó por primera vez en el Bautismo a través del Espíritu Santo. ¡Dejémonos invadir del amor de Dios! ¡Ese es el tiempo de la misericordia!
Cuando Jesús recibió el bautismo de penitencia por Juan el Baurista, solidarizando con el pueblo penitente - Él sin pecado y no necesitado de conversión - Dios Padre hizo sentir su voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado: en ti puse mi complacencia». Jesús recibe la aprobación del Padre Celestial, que lo envió precisamente para que acepte compartir nuesta condición, nuestra pobreza. Compartir es la verdadera manera de amar. Jesús no se disocia de nosotros, sino que nos considera hermanos, y comparte con nosotros. Y así nos hace hijos de Dios Padre, junto a Él. Ésta es la revelación y la fuente del verdadero amor. ¡Y éste es el gran tiempo de la misericordia!
“¿No les parece que en nuestro tiempo se necesita un suplemento de fraternidad y amor? ¿No les parece que todos necesitamos un suplemento de caridad? No esa caridad que se conforma con la ayuda improvisada que no nos involucra, no nos pone en juego, sino la caridad que comparte, que se hace cargo del malestar y del sufrimiento del hermano. ¡Qué buen sabor adquiere la vida cuando dejamos que la inunde el amor de Dios!” (Papa Francisco)
Y ahora pensemos y renovemos la gracia de nuestro Bautismo. «Yo los bautizo con agua, pero viene Uno que es más poderoso que yo... Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego». Yo soy bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; soy consagrado en el Espíritu Santo, soy el templo del Espíritu Santo y el fuego de su amor.
Esto es hermoso cuando bautizamos a los niños. Cada niño que nace es un don de alegría y esperanza, y casa niño que se bautiza es un prodigio de la fe y una fiesta para la familia de Dios. Esto es importante cuando bautizamos a jóvenes y adultos. Esto es vida cristiana para todos nosotros, que todos los días vivimos la gracia de nuestro bautismo, la gracia en la que crecemos y maduramos, realizando una verdadera vida y en plenitud ante Dios y el prójimo, por nosotros mismos y el bien de los demás, que son verdaderos hermanos.
¡Los cielos se abren! Lo que se hace en la Divina Voluntad, le dice Jesús a Luisa el 10 de marzo de 1935, no permanece bajo en la tierra, sino que sale hacia el cielo, para tomar su lugar.
El Cielo siempre está abierto para los que viven en mi Voluntad, Ella baja y hace junto con la criatura lo que ella hace, ama junto con ella, obra, reza, sufre, adora, y repara y ama tanto estos actos hechos juntos, que no los deja abajo en la tierra, sino que se los lleva en la estancia Celestial, para que tomen su lugar real, como conquistas hechas en el mundo bajo, que pertenecen a Ella y a su amada criatura. Lo que se hace en el Querer Divino, pertenece al Cielo, la tierra no es digna de poseer, y, ¡qué seguridad, qué felicidad adquiere la criatura, pensando en que sus actos están bajo el poder del “Fiat Divino” y se encuentran en el Cielo como sus propiedades no humanas sino divinas, y esperan a la que quieren cortejar para formar su trono de gloria! Es tanto el amor, sus celos, la identificación que siente con estos actos hechos en su Querer, que ni siquiera los deja en la criatura, sino que se los queda consigo, como partes de su vida y de la criatura, para disfrutarlos y saborear el amor, y los percibe como una antelación de la gloria que debe darle a la criatura en la Patria Celestial.
Estos actos hechos en el Querer Divino sirven de narradores de la historia de amor entre el Creador y la criatura, no hay gusto más grande que escuchar cuánto Dios ha amado, como su amor llega al exceso, hasta bajarse, hacer juntos no sólo lo que hace la criatura, sino también su amor, que recibió el acto divino en el suyo, por eso se forma un amor recíproco entre el uno y el otro, que se regocijan mutuamente.
Es hermoso ver que, mientras la criatura aún está en el exilio, sus actos están en el Cielo, como conquistas de Dios hechas en la voluntad humana, y cada uno de ellos toma su oficio: los que lo aman, como Él sabe hacerlo, los que lo adoran, con adoraciones divina, y los que le forman las músicas celestiales para cantarle himnos, alabarlo y darle las gracias por el gran portento de la obra de la Divina Voluntad.
don Marco
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