Tuesday, 15 January 2019

Bautismo del Señor Bautizados en Espíritu Santo y fuego



Es la fiesta del Bautismo del Señor. La página del Evangelio subraya que, cuando Jesús recibió el bautismo por Juan en el río Jordán, «se abrió el cielo». Esto realiza las profecías. La Biblia trae esta invocación: «¡Si rasgaras el cielo y descendieras”» (Is 63,19). Si los cielos permanecen cerrados, nuestro horizonte en esta vida terrenal es obscura, sin esperanza. En cambio, celebrando la llegada, la fe nos da la certeza de que los cielos se rasgaron, se abrieron. En el día del bautismo de Jesús seguimos contemplando los cielos abiertos. La manifestación del Hijo de Dios en la tierra marca el comienzo del gran tiempo de la misericordia, después de que el pecado había cerrado los cielos, levantando como una barrera entre el ser humano y su Creador.

Con el nacimiento de Jesús, ¡los cielos se abren! Dios nos da en Cristo la garantía de un amor indestructible. Desde que el Hijo de Dios se hizo carne, es posible ver los cielos abiertos. Fue posible para los pastores de Belén, para los Magos de Oriente, para el Bautista, para los Ápostoles de Jesús, para San Esteban, el primer mártir, que exclamó: «¡Veo el cielo abierto!» (He 7,56). Y también es posible para cada uno de nosotros, si nos dejamos invadir del amor de Dios, que se nos donó por primera vez en el Bautismo a través del Espíritu Santo. ¡Dejémonos invadir del amor de Dios! ¡Ese es el tiempo de la misericordia!

Cuando Jesús recibió el bautismo de penitencia por Juan el Baurista, solidarizando con el pueblo penitente - Él sin pecado y no necesitado de conversión - Dios Padre hizo sentir su voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado: en ti puse mi complacencia». Jesús recibe la aprobación del Padre Celestial, que lo envió precisamente para que acepte compartir nuesta condición, nuestra pobreza. Compartir es la verdadera manera de amar. Jesús no se disocia de nosotros, sino que nos considera hermanos, y comparte con nosotros. Y así nos hace hijos de Dios Padre, junto a Él. Ésta es la revelación y la fuente del verdadero amor. ¡Y éste es el gran tiempo de la misericordia!

“¿No les parece que en nuestro tiempo se necesita un suplemento de fraternidad y amor? ¿No les parece que todos necesitamos un suplemento de caridad? No esa caridad que se conforma con la ayuda improvisada que no nos involucra, no nos pone en juego, sino la caridad que comparte, que se hace cargo del malestar y del sufrimiento del hermano. ¡Qué buen sabor adquiere la vida cuando dejamos que la inunde el amor de Dios!” (Papa Francisco)

Y ahora pensemos y renovemos la gracia de nuestro Bautismo. «Yo los bautizo con agua, pero viene Uno que es más poderoso que yo... Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego». Yo soy bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; soy consagrado en el Espíritu Santo, soy el templo del Espíritu Santo y el fuego de su amor.

Esto es hermoso cuando bautizamos a los niños. Cada niño que nace es un don de alegría y esperanza, y casa niño que se bautiza es un prodigio de la fe y una fiesta para la familia de Dios. Esto es importante cuando bautizamos a jóvenes y adultos. Esto es vida cristiana para todos nosotros, que todos los días vivimos la gracia de nuestro bautismo, la gracia en la que crecemos y maduramos, realizando una verdadera vida y en plenitud ante Dios y el prójimo, por nosotros mismos y el bien de los demás, que son verdaderos hermanos.

¡Los cielos se abren! Lo que se hace en la Divina Voluntad, le dice Jesús a Luisa el 10 de marzo de 1935, no permanece bajo en la tierra, sino que sale hacia el cielo, para tomar su lugar.

El Cielo siempre está abierto para los que viven en mi Voluntad, Ella baja y hace junto con la criatura lo que ella hace, ama junto con ella, obra, reza, sufre, adora, y repara y ama tanto estos actos hechos juntos, que no los deja abajo en la tierra, sino que se los lleva en la estancia Celestial, para que tomen su lugar real, como conquistas hechas en el mundo bajo, que pertenecen a Ella y a su amada criatura. Lo que se hace en el Querer Divino, pertenece al Cielo, la tierra no es digna de poseer, y, ¡qué seguridad, qué felicidad adquiere la criatura, pensando en que sus actos están bajo el poder del “Fiat Divino” y se encuentran en el Cielo como sus propiedades no humanas sino divinas, y esperan a la que quieren cortejar para formar su trono de gloria! Es tanto el amor, sus celos, la identificación que siente con estos actos hechos en su Querer, que ni siquiera los deja en la criatura, sino que se los queda consigo, como partes de su vida y de la criatura, para disfrutarlos y saborear el amor, y los percibe como una antelación de la gloria que debe darle a la criatura en la Patria Celestial.

Estos actos hechos en el Querer Divino sirven de narradores de la historia de amor entre el Creador y la criatura, no hay gusto más grande que escuchar cuánto Dios ha amado, como su amor llega al exceso, hasta bajarse, hacer juntos no sólo lo que hace la criatura, sino también su amor, que recibió el acto divino en el suyo, por eso se forma un amor recíproco entre el uno y el otro, que se regocijan mutuamente.

Es hermoso ver que, mientras la criatura aún está en el exilio, sus actos están en el Cielo, como conquistas de Dios hechas en la voluntad humana, y cada uno de ellos toma su oficio: los que lo aman, como Él sabe hacerlo, los que lo adoran, con adoraciones divina, y los que le forman las músicas celestiales para cantarle himnos, alabarlo y darle las gracias por el gran portento de la obra de la Divina Voluntad.

don Marco

Los Actos en el Querer Divino: impetrar la Venida del Reino.

¡Que venga tu reino!


Uno solo es el deseo de Dios, uno solo Su intento, establecer Su reino de amor en la tierra, en medio de las creaturas y para bien de éstas, porque cada una posee la vida divina por derecho, al haber sido redimidas por su Hijo Jesús con Su propia vida, Su muerte en la cruz, atestiguada con su resurrección. La vida en la Divina Voluntad, explica Jesús a Luisa, es dar Dios a Dios, es efusión divina, la transformación de la naturaleza humana en divina, la comunicación de la virtud creativa, abrazando el Infinito, elevándose en el Eterno. Vivir en el Querer Divino es el llamado de todos los actos de las criaturas en la unidad de la Divina Voluntad. Y quienquiera que viva en el Fiat Divino, abrazando todo y a todos, obtendrá de Dios, este gran bien.

Lo que Él recomienda a Luisa y a cualquiera que venga a conocer el don de su Divina Voluntad es nunca dejarla, porque, siendo Su Querer eterno, lo que se hace en la Divina Voluntad adquiere un valor eterno, inmenso e infinito, y la constancia al pedir, forma la vida del bien que se pide, dispone al alma a recibir el bien que desea y mueve a Dios a conceder el don solicitado.

Con la constante repetición de actos y oraciones que realiza la criatura, forma en sí misma la vida, el ejercicio, el hábito del bien que se pide. Dios, vencido por la constancia con que ésta pide, se lo concede y,  encuentra en la criatura, en virtud de la repetición de sus actos, la vida del mismo don que Le hace, convierte en naturaleza el bien solicitado, y la criatura queda poseída y victoriosa, transformada en el don que ha recibido. Por lo tanto, el pedir incesantemente el reino de la Divina Voluntad forma en el alma su propia vida, la vida de su amor; y al pedir el reino de la Divina Voluntad para todos, es el preludio para que otros pueden recibir el gran don del Fiat Supremo.

Es cierto que la mayor dificultad para el alma radica en mantenerse firme en la Divina Voluntad, pero cuán consoladora y sobre todo, cuán maravilloso es encontrar en los Escritos otra revelación de Jesús: que nada se pierde ni se destruye en la Divina Voluntad. Como la luz y el calor son inseparables... los actos de la criatura hechos en Ella, son inseparables del Divino Querer, y como la Divina Voluntad no está sujeta a la extinción, porque es eterna e inmensa luz, los mismos actos permanecen eternamente, incluso Si el alma saliera de la Divina Voluntad.

Por lo tanto, cuando Adán pecó, salió de la Divina Voluntad, pero sus obras permanecieron en Ella. Al caer en el pecado, no fueron destruidos estos actos, estas riquezas, esta gloria y el amor perfecto que le había dado a su Creador, de hecho en virtud de ellos, y de sus obras realizadas en el Fiat Divino, mereció la redención. No, no podía quedarse sin redención, quién inclusive por un corto tiempo, ya había poseído, el Reino de la Voluntad Suprema. Quien posee este reino entra en tales lazos y derechos con Dios, que Dios mismo siente con él la fuerza de sus propias cadenas, que, al atarlo, le impide deshacerse de él. Lo que entra en la Divina Voluntad pierde su propia vida y forma vida en Ella, haciéndose inseparables.

Mientras el alma permanezca en el Divino Querer, sus actos son suyos y también de Dios, pero al salir de Ésta, pierde sus derechos sobre ellos y como éstos se hicieron en el reino de la Divina Voluntad y no en el querer humano, seguirán siendo derecho del Querer Divino, aunque hayan sido hechos por la criatura... y no hay poder humano ni divino, que pueda separar un acto realizado por la criatura en la Divina Voluntad.

Sirven para el alma que los realiza, pero deben servir como primicia, como modelo para aquellos que vivirán en el reino del Fiat Divino. Siempre son actos vivos porque están animados por el Divino Querer, ya que fueron formados por el Divino Artífice.

Son actos que contienen un poder divino; El poder que viene del mismo Jesús, quien, circunda el alma con los más grandes celos de amor, y cuando la ve dispuesta a hacer sus actos en Su Voluntad, antes de que comience el acto, hace fluir la luz y la virtud de la Divina Voluntad... cuando se está formando, la luz y la divina virtud lo envisten... y mientras se hace, la luz lo sella y le da la forma de un acto divino.

El acto en la Divina Voluntad contiene un valor infinito, tanto que la misma criatura que lo hizo no puede encerrarlo todo en sí misma, queda llena y, al no poder contenerlo, se desborda y corre en la misma inmensidad del Eterno Fiat que lo envuelve todo.

Son actos activos, corren por todas partes y envisten todo y a todos. La Divina Voluntad está en todas partes y las obras realizadas en la Divina Voluntad corren por todo el Cielo y tierra; corren al pasado, porque la Divina Voluntad existía; al presente, porque nada ha perdido de su actividad; al futuro, porque eternamente existirá. Nunca están ociosos, están llenos de luz, de amor, de santidad, de divina dulzura, y sienten la necesidad de dar luz a los que viven en la oscuridad, de dar amor a los que tienen frío, de dar santidad a los que viven en pecado, de dar dulzura divina a los que se encuentran amargados. Estos actos, verdaderos hijos del Fiat Divino, nunca se detienen, siempre giran y, si es necesario, incluso por siglos, darán el bien que poseen.

Entonces el amor divino tiembla, gime, agoniza porque la criatura viva en el Querer Supremo... siempre dispuesto a trabajar continuamente para compensar todas sus deficiencias... porque nada le falta a lo que se necesita para formar la Vida Divina en la tierra. Pero al mismo tiempo, la criatura no puede dejar de querer vivir en la Divina Voluntad, o no habría la materia prima para formar la Vida Divina en sus actos ... y como son actos hechos en conjunto, Creador con la criatura, operando desde Dios y uniendo a Dios con la criatura, Dios para dar y la criatura para recibir, son como pretexto para que el Amor Trinitario diga: "La criatura nos ha dado lugar en su acto, nos ha dado la libertad de dejarnos a hacer lo que queremos" ... y de reinar! 

El alma en Mi Voluntad se simplifica

y junto a Mí se multiplica en todos, para bien de todos.

Oh, si todos entendieran el inmenso valor de los

actos más pequeños, hechos en mi voluntad,

ningún acto se escaparía.



FIAT!

Riccardina

Homilía de Monseñor Leonardo D’Ascenzo


En la parroquia Santa Maria Greca de Corato el 18 diciembre de 2018


Liturgia del día (Jer 23,5-8; Sal 71; Mt 1,18-24)

«Cuando todavía no habían vivido juntos, María concibió a un hijo»

Este hecho significaría para ella una condena, una sentencia de muerte, la lapidación.

José expresa una justicia de nivel diferente, y es justo este modelo que José nos propone, para que se convierta para nosotros en motivo de reflexión, comparación con nuestra experiencia de vida y, entonces, también de oración. La justicia de José consiste en confiar en la Voluntad de Dios, en esta Voluntad que se le revela en un contexto particular mientras dormía, a través de un sueño, un contexto misterioso, un contexto que aquí quiere decirnos, a propósito de la Voluntad de Dios, que es una realidad que nos supera, que no siempre podemos entender, nos pide confianza, nos pide entrega, éste es el sentido de la revelación que José acoge, justo en este contexto misterio, como decía antes, mientras dormía, a través de un sueño, una Voluntad de Dios que nos alcanza y es misteriosa, en el sentido de que nos supera, pide disponibilidad, apertura del corazón, confianza en Dios, entrega.

A través de esta entrega, este acto de confianza, José, al despertar, acoge a María y Jesús, y entonces es justo este elemento particular que percibimos como elemento cerca de nosotros en este tiempo de Adviento, que es un tiempo de espera, un tiempo durante el que miramos y acogemos el ejemplo de María que es la mujer del Adviento, la mujer de la espera. Y justo mirando a ella, inspirándonos a ella, acogiéndola como un modelo, vamos hacia Jesús que llega, podemos acoger a Jesús, y éste es el Adviento, el sentido del Adviento, ir hacia Jesús que llega, nace para nosotros en carne en Belén.

Pero el Adviento es también preparación para acoger a Jesús que vendrá al final de los tiempos, en la gloria, y además, no lo olvidemos, el Adviento para nosotros es un tiempo que quiere prepararnos a educarnos a acoger a Jesús que viene todos los días: Jesús viene en el cotidiano, en lo ordinario, para poder acogerlo todos los días en la experiencia que vivimos tenemos como referencia a José, justo. La justicia que significa acogida de María como nuestro modelo de vida. Entonces, sigamos con esta Celebración recordando todas las razones que don Sergio, al comienzo de la Misa, presentó para nuestra oración, y pidámosle al Señor que nos ayude a vivir este tiempo de Adviento que nos ha acompañado Justo en la inminencia de la Navidad, pidámosle al Señor, para intercesión de María, para intercesión de José, que nos ayude a reconocer, tener un corazón y una mirada capaz de reconocer a Jesús presente con nosotros todos los días; en todas las cosas que vivimos, las más fáciles, las más difíciles, las más hermosas, ¡Jesús está! Pidamos un corazón sensible para reconocerlo, acogerlo y percibirlo así, como nuestro compañero en el camino de nuestra vida.

Arcivescovo Mons.Leonardo D'Ascenzo

“La Palabra se encarnó por exceso de amor, porque Dios está loco de amor por las criaturas”


Los “Nueve Excesos” de Amor de la Encarnación


La definición más hermosa de Dios es ésta: “Dios es Amor”. El Apóstol Juan en su Evangelio y sus cartas no hace más que recordarlo: Dios es Amor, es Amor siempre, únicamente e infinitamente Amor hacia cada uno y hacia todos.

Pablo, en la Carta a los Efesios, nos habla de la amplitud y largura, de la profundidad y altura del Amor de Dios.

El mismo Jesús, hablándole a Luisa Piccarreta, a menudo subraya esta definición de Dios (15 de junio de 1906), afirmando que toda la vida divina se puede decir que reciba vida del amor. El amor la genera, la guarda y les da vida constante a todas sus obras, tal que si no tuviera amor, no obraría y no tendría vida. Ahora las criaturas no son más que chispas que salieron del gran fuego del amor. Es inconcebible el Amor de Dios por nosotros, los humanos, con nuestras únicas fuerzas nunca llegaremos a entender en su plenitud el misterio de amor de Dios por todos y por cada uno.

Amor infinito, sublime, y en efecto Dios amó tanto el mundo, ¡que donó a su Hijo Unigénito! El amor de Dios no puede compararse a ningún amor terrenal, el Amor infinito de Dios sobra cualquier conocimiento, es un Amor sin condiciones. Él nos amó antes de que nosotros pensáramos en amarlo, no fuimos nosotros que amamos a Dios, sino él que nos amó y envió a su Hijo “No son ustedes los que me eligieron a Mí, sino Yo el que los elegí a ustedes...”. El Amor de Dios se parece a un océano inmenso, hay que sumirse adentro para que tengamos la más remota débil idea (30 de marzo de 1931). Jesús le dice a Luisa que la prerrogativa más hermosa de Su Corazón es la ternura, todas las fibras, los afectos, los deseos, el amor, los latidos de su Corazón tienen como principio la ternura, así que sus fibras son tiernas, sus afectos y deseos son muy tiernos, su amor y latidos son tan tiernos que llegan hasta licuar el Corazón por la ternura, y este amor tierno le hace amar tanto a las criaturas que se contenta con sufrir Él mismo en vez de verlos sufrir.

Luisa a menudo meditaba y contemplaba este amor sublime de Dios. En el primer volumen del Diario, Luisa escribe que a los diecisiete años, con el acercarse de la Santa Navidad, quiso prepararse a la fiesta practicando diferentes actos de virtud y meditación, y especialmente honrando los nueve meses que Jesús estuvo en el seno materno, con nueve horas de meditación al día, sobre el misterio de la Encarnación de la Palabra. De la meditación de estos nueve excesos de amor, que empujaron a Jesús a encarnarse, derivó la Novena de la Santa Navidad en la Divina Voluntad. Entonces, Luisa meditaba todos los días, durante nueve horas, todos los nueve excesos que el mismo Jesús, con trepidación y amor, le revelaba, tanto que el mismo San Aníbal, en una carta a Luisa, hablando de los nueve excesos de amor de Jesús en el seno de su Madre, escribía: “Nos quedamos estupefactos ante el inmenso Amor y el inmenso sufrimiento de nuestro Señor Jesucristo bendito por nuestro amor, la salud de las almas. Nunca leí en ningún libro algo a este respecto, una revelación tan conmovedora y penetrante”.

El mismo Jesús, a Luisa que le pregunta si otros también hablaron de su Encarnación (16 de diciembre de 1928), le dice que sí, hablaron, pero fueron palabras tomadas de la orilla del mar de su amor, pues son palabras que no poseen ternura, ni plenitud de vida. En cambio, esas pocas palabras que le dijo a ella, las dijo desde dentro de la vida de la fuente de su amor y contienen vida, fuerza irresistible, ternuras tales que sólo los muertos no sentirán piedad para Jesús, el pequeño Jesús que sufrió tantas penas desde el seno de la Mamá Celestial.

La Novena de la Santa Navidad incluye las meditaciones sobre los nueve excesos, distribuidos así en cada día:

1.      Primer día = Primer exceso de amor: Amor trinitario

2.      Segundo día = Segundo exceso de amor: Amor aniquilado

3.      Tercer día: Tercer exceso de amor: Amor devorador

4.      Cuarto día = Cuarto exceso de amor: Amor operante

5.      Quinto día = Quinto exceso de amor: Amor solitario

6.      Sexto día = Sexto exceso de amor: Amor reprimido o prisionero

7.      Séptimo día = Séptimo exceso de amor: Amor suplicante

8.      Octavo día = Octavo exceso de amor: Amor mendigo

9.      Noveno día = Noveno exceso de amor: Amor agonizante

De vez en cuando se considerará cada “Exceso” para descubrir juntos las cosas sorprendentes que Jesús le reveló a Luisa, tan llenas de luz que nunca se apaga y amor que siempre arde.  

Tonia Abbattista

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