Wednesday, 21 November 2018

Hechos en la Divina Voluntad: como María


Una acción pura, hecha únicamente para Dios, forma en el corazón puro un reino donde el Señor es el maestro absoluto" (San Juan de la Cruz)
      

María, nuestra Madre celestial, es esa criatura en cuyo corazón Dios ha habitado y la Divina Voluntad ha reinado, ha operado sin obstáculos. Ella, inseparable, se fusionó con Jesús precisamente porque ella totalmente entregó su vida a la Divina Voluntad. A pesar de tener una voluntad humana, María vivió cada uno de sus actos, por pequeño que fuera, en el orden de la Divina Voluntad porque fue un suspiro suyo el que hizo que la Palabra descendiera sobre la tierra. Después de todo, las Personas Divinas no crearon a María para mantenerla alejada. Querían disfrutarla como una hija, querían escuchar cómo sus palabras animadas por el Fiat tenían el poder de poner paz entre Dios y las criaturas. Las Divinas Personas disfrutaban ser ganados por Su pequeña hija y escucharse a sí mismos en Ella repetir: "Descienda, descienda la Palabra sobre la tierra".

Dios, por lo tanto, la utilizó a Ella admirablemente para llevar a cabo sus designios y para renovar nuevamente las dos voluntades, la humana y la divina, separadas por el orgullo del hombre, por el pecado que "vació" al hombre de la Divina Voluntad.

¿Pero cómo, dónde podría descender la Palabra? ¿Quién iba a ser Aquella, la que debía prestar su carne a su Creador? Esta es la razón por la que una criatura fue elegida y, en virtud de los méritos aticipados del futuro Redentor, fue exenta de la culpa del pecado original. Su voluntad y la Divina Voluntad fueron una sola. Ella comprendió todo el dolor que reinaba en las Santísima Trinidad por haber roto el hombre su unión con la Divina Voluntad, quedándose estancado es sus propios planes, impidiendo que todos los bienes, que todas las gracias que la Santísima Trinidad deseaba para el hombre, para enriquecerle, con Su mismo amor y atributos,  le fueran comunicados. Con su voluntad humana, en cambio, quedó privado de belleza y santidad, quedando sus actos vacíos de valor divino. Y, por lo tanto, Ella, afligida por la gran miseria del hombre, temerosa, no quiso conceder ni un sólo acto de vida a su propia voluntad. Se mantuvo pequeña, de manera que su voluntad no tuviese vida en ella, pero creció hermosa, santa, llena de gracia, porque la Divina Voluntad trabajó en Ella y Ella correspondía en todos sus actos a la Suprema Voluntad.

Y no sólo estaba Ella en orden con la Divina Voluntad, sino que todos los actos de las criaturas los hizo Suyos. Al absorber totalmente dentro de sí a la Divina Voluntad, rechazada en esos actos, la reparó, la amó y, manteniéndola como un depósito en su Corazón virginal, preparó el alimento de la Divina Voluntad para todas las criaturas.

Ella colaboró, cooperó en la Redención para obtener la salvación de toda la humanidad y continúa cooperando con la Iglesia en la obra de la salvación (cf. LG 63) por haber abrazado la voluntad salvadora de Dios, con una participación única e irrepetible (cf. Juan Pablo II).

Ahora, como lo fue María para la Redención, lo mismo deber suceder a través de Luisa para la obra del Fiat Voluntas Tua: la voluntad humana no debe tener vida en ella y, al hacer suyos todos los actos de la Divina Voluntad en cada criatura, tendrá que colocarlos en Jesús y al corresponderle en nombre de todos a la Divina Voluntad, se formará en ella todo el alimento necesario para nutrir a todas las generaciones con la comida de la Divina Voluntad.

Con Luisa, todos estamos llamados a colaborar con Dios en la realización de Su plan, que la Voluntad Suprema descienda y venga a reinar en la tierra, invistiendo todas las generaciones, ganando y conquistando todo.

Por lo tanto, Dios solicita nuestra participación, nuestro Fiat, el cual haga referencia y se asocie al Fiat de María, apoyado por nuestro compromiso, por los muchos e innumerables actos que componen nuestras vidas, no sólo son para esta y una sóla vida ya que las obras de Dios siempre tienen una resonancia universal. Es así que, la Divina Voluntad no descenderá entre nosotros sin nuestra cooperación.

María, ha abrazado los actos de todas las generaciones necesarios para obtener tan anhelado Redentor. Sus actos de virtud, de amor, Sus oraciones, deseos y suspiros de fuego fueron tales y tantos como para superar y corresponder todo el amor y las virtudes con que fue enriquecida por la Suprema Majestad. Y Jesús, encontrando en Ella todo el amor de todas las criaturas y todos los actos necesarios para ameritar que la Palabra fuese concebida, restauró toda la gloria divina y todos los actos de los redimidos, e incluso de aquellos a quienes la Redención debía servir para su condenación por su ingratitud, y entonces, como última muestra de Su amor, fue concebido. Al abrazar todos los actos de todas las generaciones, sustituyendo a todos, sucedió como si todos hubiesen sido dados a luz una nueva vida desde Sus entrañas maternas, por lo tanto, para Ella, el derecho de ser considerada Madre, es innato, es sagrado.

Luisa, al dejar que el Querer Divino reinase en todos sus actos, al abarcar todas las generaciones y recibiendo todos los actos del Supermo Querer rechazados por las creaturas, abrió de nuevo el cielo de manera que descienda nuevamente entre Sus hijos. Ahora, dentro de nuestras posibilidades, nos toca como primera generación llamada a conocer y dar a concoer esta Santidaad, la tarea de hacer venir el Reino a la tierra, no rechazando los actos del Querer Supermo y abarcando los actos de todos. Las generaciones no pasarán hasta que el Querer Divino haya triunfado.

Como Luisa, pidámosle a nuestra Madre que esconda nuestros pequeños actos de amor, de adoración a Dios, de acción de gracias, nuestros suspiros, nuestras súplicas, nuestras lágrimas, nuestros dolores, en el inmenso mar de Su amor, en Su adoración, en Sus suspiros,  en Sus súplicas, de modo que seamos un mismo amor, una misma adoración. Servirnos de toda Ella, de Su mismo mar de amor y gracias para ganar a la Suprema Majestad y lograr que venga Su reino a la tierra.

En sus lecciones para Luisa, nuestra Madre Celestial nos ofrece toda Su ayuda como soporte de  nuestros actos, de manera que estos puedan lograr la satisfacción y la sonrisa Divina, ya que Ella, como Reina, tiene primacía sobre todos los buenos actos de las criaturas.

María, como Reina, tiene el mandato y el derecho de absorver todos los actos de las criaturas en Sus actos. Es tanto su amor de Reina y Madre que a medida que las criaturas se disponen ha hacer algún acto de amor, Ella, desde lo alto de Su trono, deja caer un rayo de Su amor e invierte y rodea el acto de amor de la creatura para poner primero Su amor y hacerlo resurgir en Su mismo rayo, de la fuente de su amor, de manera que la Suprema Majestad encuentre amor, que siempre ascienda a su  Divinidad, el el amor de las creaturas, de sus hijos, fundido en el de Ella, que con su  dignidad de Reina, fusiona en Su mar de amor.

O si las criaturas adoran, rezan, reparan, sufren, hacen descender desde la altura de Su trono el rayo de Su adoración, el rayo de Su oración, el rayo de Su reparación. El rayo vivificante emana del mar de sus dolores e invierte y rodea la adoración, la oración, la reparación, los sufrimientos de las criaturas y cuando los actos han sido realizados y formados, ese mismo rayo de luz los hace subir a Su trono y se funden en la fuente de Sus mares de adoración, de oración, de reparación, de los dolores de la Madre Celestial. Es Ella quien corre para poner su primer acto en todos los actos de criaturas, los rodea, ayuda, sustituye, embellece y fortalece, cumpliendo su papel de Madre y Reina. Estos actos de sus hijos, fusionados en los Suyos, los mantiene en Su poder ante Dios como defensa, ayuda  y como promesa segura de que sus hijos la alcanzarán en el Cielo.

María ha vivido por nosotros todos sus actos en la Divina Voluntad, para compartirnos de esa vida que Ella ha vivido en la tierra. Sus actos, como los Soles más brillantes, continúan emanando Luz en la tierra como en el Cielo y mantienen abiertas para sus hijos las puertas de la Eternidad. Miremos a María, aprendamos de Ella, vivamos como Ella y, como Luisa, poder decir un día: "Veo una calle larga, hermosa y espaciosa, iluminada por Soles infinitos y brillantes ... ¡Oh, sí! ¡Los conozco! Son los Soles de mis actos hechos en la Divina Voluntad ..

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