"Un alma unida a Dios, transforma sus acciones más mundanas en acciones divinas y en alabanza y gloria a Dios" (Beata Isabel de la Trinidad)
Lo que hace arder más el corazón de Jesús es ver a las criaturas hacer su mayor esfuerzo por Él, por vivir con Él, por unirse con Él. Él mismo las llama a conocerlo y a conocer el centro de Su corazón: la Voluntad Divina, que dio origen a todas las cosas creadas y que está presente en la misma criatura, simplemente está cubierta, eclipsada por la voluntad humana.
Y de este conocimiento surge la unión con Él, el deseo (de la criatura) de un vínculo cada vez más sólido, y que se forma a través de la realización de actos cada vez más grandes e íntimos, inmersos en la Divina Voluntad, "saturados" de la Divina Voluntad hasta la posesión completa del Divino Querer, el primer propósito de la Creación y de la Redención.
No olvidemos que el punto fijo de toda la obra de Jesús con la criatura aparece en el título del Diario de Luisa: "El Reino de mi Divina Voluntad en medio de las criaturas, la criatura en orden, en su lugar y en el propósito para el cual fue creada por Dios ".
Jesús como verdadero maestro emprende, (a través de Luisa), un trabajo formativo gradual y constante con la criatura, enseñándola e invitándola a hacer un "ejercicio" continuo de invocación a la ayuda divina, a "hacer" todo juntos. Al llamar a la Divina Voluntad como el “acto previo” al comienzo de cada día, la criatura La convierte en La protagonista del ilimitado número da actos que realiza cotidianamente.
El acto debe ser respaldado por la intención y la acción, de tal forma que uno comience a vivir la vida en el Divino Querer como un “acto real” . El acto previo es cuando el alma, desde el amanecer, fija su voluntad en la de Jesús y decide y confirma que quiere vivir y trabajar sólo en Su Voluntad. La Divina Voluntad precede todos sus actos y hace que todos fluyan en el Querer Divino. Con la voluntad previa, el Sol de la Voluntad Divina se eleva y la vida de Jesús permanece duplicada en todos los actos de la criatura. Sin embargo, el acto previo puede ser ensombrecido, oscurecido por las formas humanas, por su propia voluntad, pero el acto real tiene la virtud de elevar tantos otros soles, en los que permanece duplicada la vida de Jesús, con tal intensidad de luz y calor, como para formar tantos nuevos soles, uno más hermoso que el otro. Pero ambos actos son necesarios. El acto previo da la mano, organiza y forma el plan para el acto real. El acto real conserva y amplía el plan del previo.
Cada acto debe ser un encuentro con Él, el Amado y así Él pueda quedar satisfecho con dicho acto y lo transforme en un acto divino, porque todo debe hacerse con Él, para Él y en Él. Sólo a través de Él nuestros actos se convierten en divinos. A través de la unión de nuestros actos con Jesús, podemos sentir un nuevo poder, una fuerza divina que ya no es fuerza humana. Y cómo sorprende a la misma criatura ver que sus actos, sus acciones más pequeñas e insignificantes, quedan transformadas en cosas muy grandes.
Es la misma Luisa quien pregunta a Jesús cómo es posible que con sólo tener la intención de unir los actos a Jesús para complacerlo sólo a Él, aún aquéllos considerados como vacíos, Él los llene y los eleve a un grado supremo, haciéndolos parecer como cosas grandes.
La vida humana es un movimiento continuo de actos y acciones, tanto externas como internas. Aunque la obra de la criatura es vacía y aún cuando ésta fuese considerada una gran obra, sólo la unión con Jesús, la simple intención de agradarlo sólo a Él, es lo que hace que ese vacío sea llenado. Y como Su obrar, incluso un respiro, excede de manera infinita a las obras de todas las criaturas juntas, es la causa que origina que cada obra de la criatura sea tan grande, que le da valor a sus actos.
En cada acto hecho en unión con Jesús hay un valor espiritual que va más allá de la acción visible, especialmente para aquellos que entran en comunión con Su humanidad.
El siguiente paso es compartir momentos de la vida terrena de Jesús y de María,
haciendo esos momentos nuestros. Su Fiat fue el comienzo de una vida que cambiaría el destino de las criaturas. Su obra estaba a merced de la Voluntad Divina.
Y, nuevamente Jesús le explica a Luisa que aquellos que usan Su humanidad como un medio para llevar a cabo sus acciones se nutren con los frutos de Su propia humanidad y se alimentan con Su propia comida. Además, ¿no es la buena intención la que hace al hombre santo y la mala intención la que lo hace perverso? No siempre hacen cosas diferentes, pero con las mismas acciones uno se puede santificar y otro se puede pervertir.
El alma que usa la humanidad de Cristo, como un medio para obrar, sea en un pensamiento, un suspiro o en un acto ordinario, hace que dichas acciones sean como muchas gemas que salen de Su humanidad y se presentan ante la Divinidad; y dado que salen a través de la humanidad de Jesús, tienen los mismos efectos de Su actuar como cuando estuvo en la tierra.
Nuestra herencia está en la humanidad de Cristo. En Su humanidad, Jesús obró con Su naturaleza Divina, rehaciendo "para todos en general y para cada uno en particular" todo lo que todos deberían haber hecho por Dios, con la mirada puesta en todos los actos de las criaturas, los posibles actos por hacer y por evitar y las mismas buenas obras mal hechas. En Su acción redentora, estaba rastreando todos los actos de las criaturas para hacerlas suyas y para dar al Padre, de parte de las criaturas, una gloria divina, adorando, sufriendo, orando, agradeciendo, reparando para todos, dándole a los mismos actos de las criaturas el valor, el amor y el beso de la eterna Voluntad.
Por lo tanto, la unión de los actos y de las obras humanas con las de Jesús es una garantía de salvación. Es una garantía para cosechar, como en un campo trabajado en conjunto, los frutos del Reino. Jesús le pregunta a Luisa si es posible que quién trabaja en Su campo, unido a Él, pueda cosechar en tierra completamente ajena a Él. No, ciertamente. Así que, aquél que una su trabajo con Él, es como si estuviera trabajando en Su tierra, y por lo tanto cosechará en Su Reino.
El alma en sí misma, mientras es peregrina, no puede comprender todo lo bueno y el amor que pasa entre el Creador y la criatura, que sólo si en su obrar, en el hablar, sufrir, pensar, en cada latido de su corazón y en todo su movimiento está unida a la vida de Jesús, podrá disponer del bien para todo.
Es tanta la unión y tan estrecha entre los dos, que el Creador es el órgano y la criatura el sonido; el Creador el sol, la criatura los rayos; el creador la flor, la criatura el aroma. ¿Pueden uno ser sin el otro? No, en absoluto.
Todos los actos de la criatura, hechos o por hacerse, renovados por la redención de Jesús, son como "suspendidos" en la Divina Voluntad y esperan que el hombre los realice en su vida como sus propios actos. Así el “Fiat creativo" y el "Fiat redimido" alcanzan su plenitud en el "Fiat" que Jesús espera decir con nosotros y en nosotros.
Entonces, ¿cómo podemos rehacer nuestra vida desde el nacimiento, como si siempre la hubiéramos vivido en la Divina Voluntad?
Con un acto de nuestra voluntad. Es decir, tener libremente la intención de rehacer cada momento y acto de nuestra existencia, desde nuestro nacimiento hasta el último suspiro, en la Divina Voluntad y a través de la humanidad de Jesús. Uniendo nuestra pequeña humanidad recién concebida con la pequeña humanidad recién concebida de Jesús
Tomar vida en la Voluntad de Dios Padre, como Jesús tomó la suya y uniendo todos nuestros lamentos a Sus lamentos, cada respiración nuestra a la Suya y cada pensamiento nuestro al Suyo. Esa misma vida que Jesús vivió para cada uno de nosotros, de la forma como le hubiera gustado a Él que lo hubiéramos vivido, hacerla nuestra, repetirla, hecho por hecho sin dejar escapar a ninguno de aquellos para quienes Él vivió. Todo para la alabanza y la gloria de Dios nuestro Padre.
El alma en mi Voluntad se simplifica y
junto conmigo, se multiplica en todos,
haciendo el bien para todos.
FIAT!
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