Queridos hermanos y hermanas de la Divina Voluntad,
“La Palabra de Dios se hizo carne”, escribe san Juan en su evangelio.
El niño de Nazaret no es una señal de cualquier esperanza, sino de la esperanza que nace de la proximidad de Dios.
Con el nacimiento de Jesús, Dios ya no debe imaginarse en la lejanía remota de los cielos, impasible en su bienaventuranza e indiferente ante nuestras vicisitudes, pero plenamente implicado a través de la frágil carne de un niño.
Dios desciende, se rebaja, se hace carne, confía en nuestras manos.
La Palabra de Dios, encarnándose, no sólo nos reveló la proximidad amante de Dios, sino que nos indicó el camino a seguir para realizar las esperanzas más profundas y secretas de nuestro corazón.
Los pastores lo entendieron. Así que ahora son los puros de corazón, los simples, los pequeños los que entienden.
La riqueza más grande es el amor recibido y donado.
El evento de Belén es un misterio grande y luminoso, porque el amor de Dios se hizo carne y, en la sencillez de un niño, se ofrece a todos los que buscan el secreto de la paz y la verdadera alegría.
“Necesitamos la pequeñez de la criatura como un espacio donde puedan formarse nuestras obras, la necesitamos como la nada de la Creación y, en cuanto nada, llamamos a la vida, en ello, nuestras obras más hermosas; queremos que esta pequeñez sea vacía de todo lo que no pertenece a Nosotros, pero sea viva, para que sienta cuánto la amamos y la vida de las obras que nuestra Voluntad desarolla en ella”.
(Vol XXXII, 26 de marzo de 1933)
Es el deseo más real para todos los hijos y las hijas de la Divina Voluntad, poder celebrar la Navidad del Señor en nuestra pequeñez, ¡para que su Voluntad actúe en nosotros!
¡Fiat!
El Presidente
Michele Colonna
con la Asociación Luisa Piccarreta Pequeños Hijos de la Divina Voluntad
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