Jesús nos llama para confiarnos una misión importante, la misión más importante, la de llevar el amor del Señor a todos, para que se sientan amados y encuentren el verdadero sentido de su propia vida, la vida de los demás, el sentido de todas las cosas. “El reino de Dios está cerca”: la conversión es acoger y vivir de esto y no de las realidades mundanas. Nos impresiona la respuesta lista y generosa de los apóstoles ante la llamada de Jesús: aquella llamada y aquella respuesta dan a su vida una dimensión y una perspectiva inimaginables: sólo la fantasía de Dios y su plan podían transformar a unos pobres pescadores de Galilea en apóstoles, en personas que serán las más importantes, como continuadores de la obra de Jesús, en la vida del mundo, para la existencia terrena y para la eternidad. Todos estamos llamodos a esta obra de evangelización del mundo: de Jesús a papa Francisco, siempre se nos recuerda nuestra llamada a ser portadores de la alegría y la gracia del evangelio a todos los hermanos.
Pero hoy se nos presenta en la Biblia una figura, un personaje singular que nos interpreta y nos enseña muchas cosas, si somos capaces de relacionarnos con su experiencia. Es Jonás. Jonás, un hombre creyente, profeta, es llamado por el Señor: “Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y anúnciale el mensaje que yo te indicaré. Son gente depravada y merecen el castigo”. Jonás tiene miedo, sabe que Nínive es un mundo imposible, no quiere que Dios les ofrezca la posibilidad de convertirse, sino que aquellos hombres sean castigados; huye en la dirección contraria, hacia el mar. Se embarca, durante la travesía tuvo lugar una gran tormenta que puso a todos en peligro y él estaba escondido al fondo de la nave. Se descubrió que él era el culpable, porque había huido de Dios, fue lanzado al mar, donde un gran pez se lo devoró y, después de tres días, volvió a lanzarlo a tierra firme. Otra vez, la voz del Señor: “Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y anúnciale el mensaje que yo te indicaré”. Va a Nínive, predica durante días enteros la conversión, pero con falta de convicción. “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”. Esperaba que el castigo se cumpliera, ¡así que alquien pudiera entender! Pero, aquella gente aceptó la llamada, creyó en las palabras de Dios y del profeta y todos empezaron a hacer penitencia y convertirse. El Señor decidió dejar vivir a los habitantes de Nínive y Jonás se quedó triste por esto. Desconsolado, se puso a descansar bajo una planta que le hacía sombra. Un gusano hizo morir esa planta, con gran pesar de Jonás. Esto se vuelve en la ocasión para el Señor para hablar otra vez con paciencia a Jonás y revelarle su corazón misericordioso en contraste con el corazón egoísta y frío de Jonás. “Tú te inquietas tanto por una planta que no te ha costado ningún trabajo y que tú no has hecho crecer, Yo no debería preocuparme de una multitud tan grande de mis hijos, que no saben distinguir el bien del mal. Por eso te envié a ellos, porque necesitaban convertirse. Mira, a través de ti, ellos se encontraron conmigo”.
Ser instrumentos en las manos de Dios para el bien del hombre, fue la misión de Luisa, que, varias veces, Jesús le solicitó de vivir. El 14 de abril de 1923, Jesús le explica a Luisa como Dios, cuando quiere cumplir una gran obra que debe servir para el bien general, concentra en una criatura el bien que quiere dar, para que todos los demás, como a una fuente, puedan sacar ese bien según lo que desean.
Cuando Dios cumple obras individuales, da cosas limitadas, en cambio cuando cumple obras que deben servir para el bien general, da cosas sin límites. Eso es lo que hizo en la obra de la Redención: para poder elevar a una criatura a concebir a un hombre y Dios, debió concentrar en María todos los bienes posibles e imaginables, debió elevarla tanto como para poner en Ella el germen de la misma fecundidad. La Santísima Trinidad debió dar lo suyo a esta Virgen, para poder concebir al Hijo de Dios.
Todo lo que “ab eterno” ocurrió a la Santísima Trinidad en el Cielo, se repitió en el seno de María. La obra era enorme e inestimable para la mente humana; Dios debía concentrar todos los bienes y aun a Sí mismo para hacer que todos pudieran encontrar lo que querían. Por eso, debiendo ser la obra de la Redención tan grande como para arrollar a todas las generaciones, Dios quiso por muchos siglos las oraciones, los suspiros, las lágrimas, las penitencias de muchos Patriarcas y Profetas y de todo el pueblo del Antiguo Testamento, y esto lo hizo para disponerlos a recibir un bien tan grande y para moverse a concentrar en esta criatura celestial todos los bienes de los que todos debían disfrutar. Lo que movía a este pueblo a rezar, a suspirar era la promesa del futuro Mesías. Esta promesa era como el germen de tantas súplicas y lágrimas. Si no hubiera existido esta promesa, nadie habría pensado, habría esperado la salvación.
Ahora llegamos a la Divina Voluntad: no es una santidad como las demás. Aquí se trata de una época nueva, de un bien que debe servir a todas las generaciones; pero es necesario que todo este bien Dios lo concentre antes en una sola criatura, como lo hizo en la Redención concentrando todo en María. Ahora, para disponer las almas a vivir en el Querer Divino, reservar los bienes que Él contiene y hacer regresar al hombre en el camino de su origen, tal como fue creado, Jesús quiso ser el primero en rezar, haciendo resonar su voz de un lugar a otro de la tierra, hasta la altura de los Cielos, diciendo: “Padre nuestro, que estás en los Cielos”. No dijo “Padre mío”, sino que lo llamó Padre de toda la familia humana, para comprometerlo en lo que debía añadir: “santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo”. Éste era el objetivo de la Creación y Jesús le pedía al Padre que se cumpliera.
El Padre cedió a Sus súplicas y así formó el germen de tanto bien, y para hacer que este germen se conociera, Jesús enseñó a los Apóstoles su oración, y estos la transmitieron a toda la Iglesia, para que el pueblo del futuro Redentor encontrara la salvación en él y se dispusiera a recibir al Mesías prometido. Así con este germen formado por Jesús, la Iglesia ruega y repite tantas veces su misma oración y se dispone a recibir la gracia, que reconozcan y amen a al Padre Celestial como su Padre, a fin de merecer ser amados como hijos, y reciban el gran bien, que la Divina Voluntad se haga en la tierra como en el Cielo.
Los mismos Santos, en este germen y en esta esperanza, han formado su santidad, el mártir esparció su sangre y no ha bien que no proceda de este germen, así que toda la Iglesia reza; y tal como las lágrimas, las penitencias, las oraciones para tener al Mesías estaban dirigidas a esa Virgen excelsa, de las que debía disponer para concentrar tanto bien, para poder recibir a su Salvador, aunque no supieran quién era, así ahora la Iglesia, cuando dice el Padre Nuestro, reza para al alma que vive en la Divina Voluntad, para que concentre en ella todo el bien que contiene el Querer Divino, la manera, cómo la Divina Voluntad viva en la tierra como en el Cielo. Y, aunque este alma no se conozca, la Iglesia, haciéndose eco a la oración de Jesús “hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo”, ruega a Dios, lo presiona por concentrar todo este bien en una segunda Virgen, para que, como otra salvadora, salve a la humanidad en crisis, y utilizando su amor inseparable y su misericordia, acoja la misma oración de Jesús, junto con la de toda la Iglesia, y haga regresar al hombre a su origen, al objetivo para el que Dios lo creó, es decir que la Voluntad de Dios se haga en la tierra como en el Cielo.
Es justo éste el vivir en el Querer Divino; todo lo que Jesús manifestó a Luisa, la lleva a esto. Éste es el gran fundamento que Jesús formó en el alma de Luisa, y para hacerlo, concentró todas las gracias pasadas, presentes y futuras que hizo a todas las generaciones, más bien las duplica, las multiplica, porque, al ser el Querer Divino la cosa más grande, santa, noble, sin principio ni fin, para ponerla en una criatura, es justo y decoroso que concentre en ella todos los bienes posibles, gracias innumerables, pureza y nobleza divina, para que tenga el mismo cortejo que tiene en el Cielo la Divina Voluntad.
Es la misma nobleza que obró en la Redención, que quiso servirse de una Virgen. Ella es grande, contiene todos los bienes y, obrando, actúa de manera magnánima, y si se trata de hacer obras, de hacer el bien a toda la humanidad, pone en peligro todos sus bienes. Ahora quiere servirse de otra virgen para concentrar su Voluntad y empezar a dar a conocer que su Voluntad se haga en la tierra como en el Cielo. Y, si en la Redención quiso venir para salvar al hombre perdido, para satisfacer sus culpas, porque él era impotente para hacer esto, para darle refugio y muchos otros bienes que la Redención contiene, ahora la Divina Voluntad, queriendo exhibir en amor más que en la misma Redención, haciendo que se haga en la tierra como en el Cielo, le da al hombre su estado de origen, su nobleza, el objetivo para que fue creado, abre la corriente entre su Voluntad y la humana, de manera que, absorbida por esta Voluntad Divina y dominada, le dará vida en sí y Ella reinará en la tierra como en el Cielo.
don Marco