Friday, 13 November 2020

QUIERO HACER VIDA EN TU QUERER


“Vivimos, crecemos, amamos siempre junto con Jesús.

 Quiero hacer vida en Tu Querer Divino

 para que mi vida desaparezca en Él

 y me vista con sus vestidos de rayos de luz

 y con esta luz amaré por todos, convertiré a todos, daré a conocer a Jesús a todos. Siempre llamaré a su Querer Divino en todos mis actos para formar tantos Jesús en ellos por cuantas veces respiro, palpita...”


El alma que hace vida en el Querer Divino de Jesús, que obra unida a Él en las acciones, se identifica con Su humanidad y lo absorbe en sí misma (por ejemplo, como piensa, absorbe el pensamiento de Jesús en su mente, como mira, como habla, como respira, como palpita) absorbe y forma a Jesús en sus actos y hace cada vez más adquisición de las maneras divinas, de Su semejanza y Jesús, mirándose continuamente, se encuentra a sí mismo en esta alma.

Luisa olvidándose de sí misma y dejando fluir su voluntad humana en la vida de Jesús, vive todas las acciones del día dejando que Jesús mismo haga todo en ella.

El alma que obra en el Querer Divino se coloca casi al mismo nivel que Jesús, llega a encontrarse en las mismas alturas que Sus actos mientras estaba en la tierra que encerraba en Sus actos a todas las criaturas pasadas, presentes y futuras para ofrecerle al Padre actos completos a  nombre de todas las criaturas. La vida de Luisa desaparece, se funde en la Luz (Sol) de la Divina Voluntad y esto le permite convertirse en un rayo unido al sol que se multiplica por toda la naturaleza, dando a cada uno efectos diferentes.  Así el alma que obra en lo alto del Querer Divino se atreve sobre todas las criaturas y sobre las que purifican las tinieblas, sobre las que purifican y queman, dándole a cada uno los diferentes efectos que se necesitan y según las mayores o menores disposiciones de cada criatura.

“Hija mía, cuánto lamento ver al alma acurrucada en sí misma, verla obrar sola.  Mientras, estando a su lado, Yo la miro, viéndola muchas veces que no sabe hacer bien lo que hace, está esperando que me llame y me diga: ‘Quiero hacer esto y no sé cómo hacerlo; ven Tú y hazlo junto conmigo y seré capaz de hacer todo bien’...” (Jesús a Luisa-Vol. XI )

Monday, 11 May 2020

He aquí la Sierva del Señor: el anuncio del ángel

He aquí la Sierva del Señor: el anuncio del ángel
“Hijos míos, denme el sitio en su corazón. Bajé del Cielo para formar en cada uno de ustedes mi vida; mi Madre es el centro donde Ella reside, y todos mis hijos serán la circunferencia, donde quiero formar tantas vidas mías por cuantos hijos hayan”.

El ángel Gabriel entra de María. Es un entrar que posee muy poco de físico y material. No es tan fácil entrar en su casa, donde se desarrolla la intimidad de su vida. Más bien, es el venir de Dios en su interioridad, en su alma, en el lugar más escondido y profundo de su ser. El ángel debe encontrar el corazón de esta joven mujer llamada María, porque es el portador de una propuesta impresionante para la historia de la humanidad. No por casualidad, ¡Dios envía a Gabriel, cuyo nombre significa “fuerza de Dios”! Y, de hecho, es en razón de la fuerza que deriva de la Palabra que ocurre el encuentro, que el ángel entra en contacto interior y profundo con esta joven de Nazaret, a la que no le dona palabras, sino la Palabra, el Verbo Eterno de Dios.


María, ante el irrumpir del Señor, queda desconcierta, sin palabras. En su sencillez e inocencia de chica ingenua del pueblo, no hace consideraciones sobre esa aparición improvisa y asombrosa, no se interroga sobre la identidad de su visitador misterioso, sobre su credibilidad o la posibilidad de ser la víctima de algún embeleco, como cualquier persona tendría la tentación de hacer. Se limita a contemplar el misterio inexpresable que la encuentra y la envuelve.


“Hijos míos, denme el sitio en su corazón. Bajé del Cielo para formar en cada uno de ustedes mi vida; mi Madre es el centro donde Ella reside, y todos mis hijos serán la circunferencia, donde quiero formar tantas vidas mías por cuantos hijos hayan”.


El ángel pone su mirada en ella, y la invita a alegrarse. Lo primero que dona la palabra de Dios a quien la escucha es una alegría plena y auténtica. Muchas veces, cuando nos ponemos ante el evangelio, nuestra primera reacción es la indolencia, como mucho centramos la atención en nosotros, nos dejamos involucrar y distraer por nuestras preocupaciones. Somos incapaces de guardar silencio, vaciarnos de nosotros mismos, poniéndonos desnudos e inermes ante el Padre, para dejarnos llenar de él. Debemos tener el valor de abrir nuestro corazón. Sólo de esta manera podremos experimentar la alegría que nace del encuentro con Jesucristo.

La tentación de pensar en que la alegría pueda derivar de nuestras conquistas, de los resultados que conseguimos, en razón de nuestra maestría es recurrente. ¡No es así! No estamos en la alegría porque nuestras cuentas están en orden, sino porque el Señor nos visita, pone su mirada sobre nosotros, y nos ofrece su Palabra. Él es un Dios vecino, que no se asusta por las distancias y los obstáculos que le interponemos. Se pone en camino y viene a buscarnos para llenarnos de sí mismo. Por nuestra parte, es indispensable reconocernos pequeños y pobres, necesitados de su misericordia. La alegría que Dios nos dona no es efímera, de un momento, fugaz e inconsistente, sino que es una felicidad generada por su gracia. No sólo no tendrá fin, sino que, si la dejamos obrar, hará germinar en nuestra historia impregnada de pecado y fragilidad, algo extraordinario e imprevisible.

El testimonio que Luisa da de la Anunciación en el libro de “La Virgen María en el Reino de la Divina Voluntad”, subraya firmemente la grandeza y la singularidad del don recibido por Dios. Su corazón estaba lleno, y sentía la necesidad de desahogar su amor ardiente con Luisa. Las alegrías de María al saber que iba a ser la Madre del Salvador, eran infinitas, mares de felicidad la inundaban.

María puede decir “Soy la Madre de Jesús; su criatura, su sierva es la Madre de Jesús, y se lo debo sólo al ‘Fiat’, que me hizo plena de Gracia, preparó la digna morada a mi Creador”. Tan pronto como se formó con la potencia del ‘Fiat Divino’ la pequeña Humanidad de Jesús en el seno de María, el Sol del Verbo Eterno se encarnó. María tenía su cielo, formado por el ‘Fiat’, todo cubierto de estrellas resplandecientes que centelleaban alegrías, bienaventuranzas, armonías de bellezas divinas, y el Sol del Verbo Eterno, resplandeciente de luz inaccesible, vino a ocupar su lugar dentro de este cielo, escondido en su pequeña Humanidad, pero, como no podía ser contenido por Ella, el centro del Sol estaba en Ella, pero su luz desbordaba afuera, y atropellando el Cielo y la tierra, llegaba a cada corazón, y con su golpe de luz golpeaba a cada criatura, y con las voces de luz penetrante les decía: “Hijos míos, ábranme, denme un lugar en su corazón. Bajé del Cielo en la tierra para formar en cada uno de ustedes mi vida; mi Madre es el centro donde Ella reside, y todos mis hijos serán la circunferencia, donde quiero formar tantas vidas mías, por cuantos hijos hay”.


El ángel Gabriel le dirige a María un saludo espléndido, una auténtica bendición. La presencia del Señor urde la trama de su existencia, y ella vive en la comunión con él cada minuto de sus días.

Podemos entender la densidad de este saludo si lo comparamos con nuestros saludos, nuestras palabras que intercambiamos con los que encontramos. Nuestros discursos no están marcados por la alegría y la bendición, sino por el lamento por lo que está mal. Advertimos nuestra ambivalencia, nuestra debilidad como una culpa. Tenemos una mirada pesimista, cerrada hacia la vida, que nos bloquea y desanima. Estamos tan empantanados en nuestra infidelidad recurrente, que ni siquiera somos capaces de descubrirnos y reconocernos como gérmenes de amor del corazón de Dios, elegidos por él, para ser los destinatarios de su ternura y su benignidad que nos transforma y conforma a sí mismo a través de la fuerza del Espíritu.

Miramos la humildad de María, que, en cambio, se abre a la acogida, y le permite a Gabriel, a la fuerza de Dios que le llega, de hablar y revelar el sentido y la razón de esa irrupción.

El Dios de Abraham, Isaac y Jacob la llenó con la plenitud de su gracia. En el corazón y la vida de María sólo hay espacio para el Señor. Dios está con ella, la eligió entre todas las mujeres de la tierra, la puebla con su presencia regeneradora y renovadora, y la llenó de su amor infinito. Su adhesión a la voluntad del Padre es sin reservas.

don Marco

Sunday, 10 May 2020

Actos en el Querer Divino: rayos del acto de Dios Unico-Eterno

Si la oración, personal o comunitaria, es el acto por el cual cada hombre se une a Dios y el alma se eleva a Dios, con la oración de las Rondas (Giros), Luisa nos lleva a una dimensión superior, a fusionarnos  con Él, a través del ejercicio espiritual de girar por todo lo que Dios ha hecho: creación, redención, santificación. Dando a Dios lo que es de Dios, estableciendo con Él una reciprocidad de amor que beneficia a la criatura que realiza las rondas y ésta, a su vez, "visita" e impetra el Reino del Fiat Supremo sobre la tierra.

El tercer Fiat es lo que toda criatura debe decirle a Dios para entrar en el Reino del Querer Divino, renunciando a todos los modos y formas de todo tipo de pecado voluntario y, realmente convirtiéndose, ya en esta tierra, en partícipe de la Omnipotencia Divina, la Riqueza Divina, la Realeza Divina, de la Divina Felicidad, con actos que le remitan a la eternidad, al Acto Eterno de Dios. Al Acto Único de Su exceso de Amor.

Nuestra eternidad ya está aquí y ahora, presente en cada acto de nuestra existencia. Cada momento de nuestra vida, así como cada evento, grande o pequeño, en la historia del Universo. Todo, desde el momento en que recibe la existencia, permanece para siempre. ¡Así que cada acto es indeleble, es para siempre! ¡Cada acto nuestro, en su momento, tiene el valor de la eternidad! Ningún acto perecerá, desaparecerá en la nada.

Es bueno entonces que, precisamente por que somos imágenes de Dios,  voluntariamente, libremente, hagamos muchos actos, porque estos entran a formar parte del Acto Eterno de Dios. Cada uno de nuestros buenos actos nos guía al origen de Su Acto Eterno, Acto Único, contribuyendo al bien universal, porque en La Divina Voluntad, Jesús le explica a Luisa, que cada acto sirve al bien universal, al bien de todos, a nadie hace a un lado y, haciendo uso de Su Omnipotencia, une a todas las criaturas y a sus actos, excepto al pecado, porque el mal no entra en Ella.. Y si bien es un solo acto, por su omnipotencia, une todo y hace todo como si fuera uno solo. Tal fue la concepción de la Virgen María: en su omnipresencia e inmensidad, Dios llamó a todas las criaturas, todos sus actos buenos presentes, pasados y futuros como si fueran una solo, para que esta Concepción se formara sobre todo y sobre todas las cosas, dando a todos el derecho de  hijos y a María, el derecho de Madre de todos.

Pero, ¿cómo es posible tanto poder, tantos actos en uno, que se forman al obrar en la Divina Voluntad? A esta pregunta que tanto Luisa y así mismo nosotros hacemos, Jesús responde con la imagen del sol. Éste da luz a toda la tierra, porque es más grande que la tierra, porque posee la fuerza única y completa de la luz, posee la fuente de los colores, de la fecundidad y de la variedad de dulzura. Por eso, al ser el sol más grande que la tierra, puede dar luz a toda la tierra, puede dar la variedad de colores a las flores, la dulzura diferente a las plantas y frutos. Uno es el acto que hace el sol en su grandeza y magnificencia, y con este único acto hace tanto, que mantiene cautivada a la Tierra entera, dando a cada cosa su propio acto distinto. Cuando su luz toca la tierra, vemos que sus efectos se transforman en actos y ni uno solo se pierde, sino que, celoso, los conserva en su único acto de luz.

Ahora, con mayor razón la Divina Voluntad, así como es interminable y con un solo acto produce la fecundidad de todos los demás actos, el alma que vive en Ella posee la fuente de sus actos, su fecundidad. Esta es la razón por la que, en el alma donde el Querer Divino reina y domina, no cambia el régimen ni los caminos y, a medida que actúa en ella, sus actos se manifiestan con la multiplicidad y la fecundidad de Sus actos divinos.

En la Patria Celestial, reina el acto Único y Universal, una es la voluntad de todos, un solo querer, nadie realiza ni desea otra cosa, cada bendita alma siente el Divino Querer como vida propia y al tener todos una sola voluntad, se forma la sustancia de la felicidad de todo el cielo. No hay nada que la Divina Voluntad no pueda hacer, en ella no puede haber actos rotos, sino un acto continuo y universal, y como en el Cielo reina con todo su triunfo y pleno dominio, en ella, toda la naturaleza siente su vida universal y está llena hasta el borde de todos los bienes que Ésta posee... La Divina Voluntad mantiene a todos los bienaventurados absortos, ensimismados, fusionados en Ella misma, como si fueran uno.

Sin embargo, ¿creemos que solo en el Cielo este Acto Universal se extiende y comunica su vida palpitante a cada criatura?

No, no, lo que Ella hace en el Cielo, lo hace también en la tierra... Su Acto universal se extiende a cada creatura y quién vive en Ella siente Su Vida divina, Su santidad, Su latido increado, que al consituirse vida de la criatura, con su movimiento incesante se derrama siempre en ella, sin cesar,  y la feliz criatura que la hace reinar, la siente en todas partes, por dentro y por fuera. Su acto universal la mantiene rodeada por todos lados, de modo que no puede salir de la Divina Voluntad... Quien no siente la vida del Cielo en su alma y no siente ese acto universal, es porque no se ha dejado dominar por la Divina Voluntad, dándole libertad para hacerla reinar.

Todos los actos de Dios forman un único acto que abraza todo y que reúne en sí a todos los demás actos. En la creación del hombre, uno fue el Acto, y de este Único Acto salió de Dios: la santidad, el poder, la sabiduría, el amor, la belleza, la bondad... en suma, no hubo cosa alguna que saliera de Dios, que no fuera infusa en el hombre. De todo tomaba parte, porque cuando la Divina Voluntad actúa, no sabe cómo hacer las cosas a la mitad. Y lo que hace en el cielo, lo hace en la tierra, es por eso que Su acto es Ünico y Universal.

Y todos los actos realizados en el Querer Supremo, no pueden permanecer en la tierra. Es Querer Divino el que, como un imán, los retira de su origen y les da nacimiento en la Patria Celestial. Y es tanto el valor de estos actos que los Ángeles se estiman afortunados de recibirlos ... sienten en estos actos el eco del Fiat Divino

… El Hombre, al hacer su voluntad, salió de la unidad de la Divina Voluntad y todos sus actos perdieron la fuerza de esta unidad y quedaron dispersos, divididos entre sí, vaciados de la plenitud de luz de los actos divinos. Ahora, quien recibe como don, el llamado a vivir en el Querer Divino, va reuniendo todos los bienes (actos) dispersos por las criaturas y forma un solo acto, y estos actos se convierten en el derecho de aquellos que hacen y viven en el Fiat Divino. No hay bien que no puedan tomar aquellos viven en Mi  Querer: con la fuerza de bilocación de este llamado, reúne y une a todos los actos y, ordenándolos todos en el Fiat Divino, devuelve todo a Dios y Dios lo da todo.



Queremos que la criatura viva en Nuestro Querer,

Para asegurarnos de que sus actos y los nuestros están fusionados

y que son de un solo tono,

de un Sólo Querer.

FIAT!

Riccardina

La nueva Pentecostés “Reanimación” de la humanidad por el Espíritu Santo

  La nueva Pentecostés “Reanimación” de la humanidad por  el Espíritu Santo Pentecostés es una festividad movible, es decir que está relacio...