Sunday, 16 June 2019

La Santísima. Trinidad ¡Gloria a ti Padre, a ti Hijo, a ti Espíritu Santo!





Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cfr 1Gv 4,8): el Padre, que en la plenitud del tiempo envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; y el Espíritu Santo, que condujo a la Iglesia a través de los siglos en la espera del regreso glorioso del Señor.



La Trinidad divina ha puesto su morada en nosotros el día del nuestro Bautismo: “Yo te bautizo –dijo el sacerdote- en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. El nombre de Dios, en el cual hemos sido bautizados, lo recordamos cada vez que nos hacemos la señal de la cruz. El teólogo Romano Guardino, a propósito de la señal de la cruz, observa: “lo hacemos primero en la oración, para que… nos ponga espiritualmente en orden; concentre en Dios nuestros pensamientos, el corazón y nuestra voluntad; después de la oración, para que permanezca en nosotros lo que Dios nos ha donado… Esta señal abraza todo el ser, cuerpo y alma,… y todo queda consagrado en el nombre de Dios uno y trino”.



En la señal de la cruz y en el nombre del Dios viviente está contenido el anuncio que genera la fe e inspira la oración.



Dios es amor, es comunión de Personas. Dios no es soledad; si no fuera en grado de expresar en sí mismo una comunión de personas no habría podido crear hombres capaces de recibir y de donar amor, a su imagen y semejanza. “La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unión de las personas divinas entre sí” (Catecismo de la Iglesia Católica 1702).



 “Pero ¿en qué Dios creemos? Tal vez en un Dios difundido – dice provocadoramente el Papa Francisco -  que más o menos está por doquier pero que no se sabe lo que es. Nosotros creemos en Dios que es Padre, que es Hijo y que es Espíritu Santo. Nosotros creemos en personas, y cuando hablamos con Dios hablamos con personas: hablo con el Padre, o hablo con el Hijo, o hablo con el Espíritu Santo. Y esta es la fe”.



En cada Misa hay un momento de singular grandeza, es cuando en Cristo Salvador que renueva el don de su vida, se da la verdadera gloria a la Trinidad. El glorificar a la Trinidad y acoger la salvación de Cristo es el momento supremo de la vida de la Iglesia y de cada cristiano: “Por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos”.



Podemos meditar cómo María Santísima vivió intensamente su relación personal con las Personas de la Trinidad, o mejor, cómo las Personas de la Trinidad obraron en aquella muchacha tan humilde, disponible, generosa. María es la primera salvada, la primera redimida, la primera y la madre de todos los creyentes. El Padre llamó a la existencia a María y la preservó del pecado original; el Hijo de Dios se hizo su hijo, para su misión terrena; el Espíritu Santo la tomó como esposa e hizo nacer en ella al Salvador, el Espíritu que ella acogió en la Anunciación y en Pentecostés.



La vida cristiana debe conducirnos siempre más a una íntima familiaridad con las Personas Divinas, aprendiendo poco a poco, a través de la fe, la esperanza y la caridad, a establecer relaciones privilegiadas con cada una de ellas.

Un ejemplo purísimo nos lo da Luisa que vivió, con su matrimonio místico, una experiencia particular de inhabitación de la Trinidad.

Su testimonio lo relata en el primer volumen de sus escritos, en donde algunos días después del segundo matrimonio místico celebrado en el Paraíso en presencia de la Santísima Trinidad, en una visión refiere cómo se sintió sumergida en sí misma al punto de que no osaba decir una sola palabra, cuando sintió una voz que le decía: “No temas, anímate, hemos venido para confirmar que nos perteneces y para tomar posesión de tu corazón.

Mientras escuchaba esto, vio a la Santísima Trinidad que descendía y tomaba posición de su corazón, formando en él su sede. Su vida cambió totalmente. Se sentía divinizada, no era ya Luisa que vivía, sino que Ellos vivían en ella. Percibía como si su cuerpo fuera como una habitación y que dentro de ella habitaba el Dios viviente, porque ella sentía su presencia real. Sensiblemente, en su interior, oía claramente su voz, que salía de su interior y la escuchaba en los oídos del cuerpo. Sucedía precisamente como cuando en una habitación hay personas que hablan y sus voces se escuchan clara y distintamente incluso fuera de ella.

Desde aquel momento en adelante, Luisa no tuvo ya necesidad de ir a otro lugar a buscar a Jesús para encontrarlo, porque estaba dentro de su corazón. Y cuando alguna vez se escondía y ella salía en busca de Jesús, girando por el cielo y la tierra, encontrándose en penas inenarrables por haberlo perdido, Jesús salía de su interior y le decía: “Estoy aquí contigo, no me busques en otro lugar”.



Solo quien vive una profunda comunión con Dios es capaz de describirlo; justo como hizo Luisa, que representando la esencia de Dios que habitaba en ella encontró una imagen para describir lo que vivía y lo que veía.

“Para poder explicarme mejor de acuerdo a nuestro lenguaje humano, digo que veo una sombra de Dios en toda la creación, porque en todo lo creado, en algún lugar arrojó la sombra de su belleza, en otro sus perfumes, en otro su luz… Como en el sol, en donde yo veo una sombra especial de Dios: lo veo como representado en ese planeta, como rey de todos los demás planetas.

¿Qué cosa es el sol? No es más que un globo de fuego. Uno es el globo, pero muchos son los rayos, de modo tal que podemos comprender fácilmente que el globo es Dios y los rayos los inmensos atributos de Dios.

El sol es fuego, pero al mismo tiempo es luz y calor, por lo tanto la Santísima Trinidad está representada en el sol: el fuego es el Padre, la luz es el Hijo, el calor es el Espíritu Santo, pero uno es el sol. Y como no se puede dividir el fuego de la luz y del calor, así una es la potencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que entre sí no pueden realmente separarse. Y como el fuego al mismo tiempo produce la luz y el calor, así no se puede concebir al Padre antes que al Hijo y al Espíritu Santo, y así mutuamente tienen los tres el mismo principio eterno.

Añado que la luz del sol se expande por doquier; así Dios, con su inmensidad todo lo penetra. Pero recordémonos que esto no es sino una sombra, porque el sol no puede llegar a donde no puede entrar con su luz, pero Dios todo lo penetra. Dios es Espíritu purísimo y nosotros lo podemos ver representado en el sol, que hace penetrar sus rayos por doquier, sin que nadie pueda tomarlo entre sus manos. Más aún, Dios todo lo ve, las iniquidades, las infamias de los hombres, y él permanece siempre siendo lo que es, puro, santo, inmaculado. Sombra de Dios es el sol, que manda su luz sobre las inmundicias y permanece inmaculado, en el fuego expande su luz y no arde, en el mar, en los ríos y no se ahoga; da luz a todos, todo lo fecunda, da vida a todo con su calor y su luz no disminuye, ni pierde nada de su calor; y mucho más: mientras hace tanto bien a todos, él no tiene necesidad de nadie y permanece siempre siendo lo que es: majestoso, radiante, sin jamás mutarse.

¡Oh, qué bien se pueden ver en el sol las cualidades divinas! Con su inmensidad se encuentra en el fuego y no se quema, en el mar y no se ahoga, debajo de nuestros pies y no se le pisa, da a todos y no empobrece y de nadie tiene necesidad; todo lo ve, es más, es todo ojos y no hay cosa que no escuche, y está al día de cada fibra de nuestro corazón, de cada pensamiento de nuestra mente, y siendo Espíritu purísimo no tiene ni oídos, ni ojos y no hay cosa alguna por la cual se mute. El sol, invistiendo el mundo con su luz no se cansa. Así también Dios, dando vida a todos, ayudando y rigiendo el  mundo, no se fatiga. El hombre, para no gozar más de la luz del sol y de sus benéficos influjos, puede esconderse, puede poner obstáculos, pero no puede hacerle nada al sol, el sigue siendo lo que es, todo el mal será para el hombre. Así el pecador, con el pecado puede alejarse de Dios y no puede gozar de sus benéficos influjos, pero a Dios no le hace nada, el mal es todo para él.

También la redondez del sol es para mí símbolo de la eternidad de Dios, que no tiene principio ni fin. La misma luz penetrante del sol, que nadie puede encerrar en su ojo y que, si quisiera fijar su mirada en él durante el pleno medio día, quedaría deslumbrado, y si el sol quisiera acercarse al hombre, el hombre quedaría incinerado, así es el Sol Divino: ninguna mente creada puede encerrarlo en su pequeña mente para comprenderlo en todo lo que es, y si quisiera esforzarse para hacerlo, quedaría deslumbrada y confundida, y si este Sol Divino quisiera desahogar todo su amor, haciendo que el hombre lo sintiera mientras está en su carne mortal, quedaría incinerado. De manera que puso una sombra de sí mismo y de sus perfecciones en toda la creación, de tal modo que parece que lo vemos y lo tocamos y quedamos tocados continuamente por él”.



Debemos aprender a considerar a la Trinidad como el corazón profundo de toda la realidad, el corazón de nuestra persona, el corazón de las relaciones que mantenemos, el corazón de los acontecimientos, el corazón de la historia, el corazón de la creación, el corazón del tiempo y el corazón de la eternidad.



FIAT!

don Marco

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