Saturday, 8 December 2018

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO


Preparar el corazón: esperar es amar
07/12/2018

Segundo domingo de Adviento. Tiempo de espera, de preparación para acoger al Dios que viene. El evangelio trae exactamente fechas, nombres, naciones y regiones: siempre hay un emperador, un gobernador, unos príncipes, unos sumos sacerdotes que ejercen su poder en los Palacios y el templo. Este marco de poderes, que a menudo se confunde con la verdadera historia de la humanidad, contrasta con el acontecimiento humilde y pequeño, pero decisivo, que ocurre en el deserto: la Palabra de Dios dirigida a Juan, hijo de Zacarías. Este contraste entre la grande historia: la de los fuertes y los potentes, y la pequeña historia: la de los simples que escuchan la Palabra de Dios, es una constante del actuar del Señor. Dios hace cosas grandes, pero a partir de los pequeños, del cotidiano, de los gestos simples y humildes.

El evangelista Lucas subraya aún más esta oposición entre el estilo de Dios y el de los potentes: la Palabra, en efecto, resuena en el desierto. El desierto en lugar de un palacio o del mismo templo, porque el desierto es la tierra de nadie, la tierra vacía y sin valor donde puede producirse en plenitud el poder de Dios. Sí, porque el desierto es un lugar de importancia fundamental en la historia de la salvación del pueblo judío. Ahí donde no tienes nada, puedes confiar sólo y únicamente en la verdad, en el Señor, que puede dar la vida y ofrecer la salvación. El desierto es el regreso a lo esencial, a esa pobreza interior donde somos auténticos, pequeños, verdaderos. Dios viene al profundo de nuestra humanidad. Cuanto más bajaremos en el profundo de nuestra humanidad, desnudándonos de cualquier exterioridad y de lo superfluo, tanto más estaremos en relación con Dios.

En el evangelio se afirma que en el desierto de Judea hay un hombre que vive en la esencialidad y austeridad más grande, y que se dirige a la humanidad sugiriendo el perdón, la conversión, la verdadera preparación al encuentro con Dios. No es un rey o un potente, sino un hombre del desierto y de la Palabra, el verdadero heredero de los profetas. Juan el Bautista tiene la tarea de la preparación inmediata para el acaecimiento. El Señor está cerca. Es en el corazón de los hombres que hay que trazar el camino para la llegada del Señor. El camino del Señor pasa inevitablemente por la conversión de los corazones. Una conversión que encuentra en Él la oferta generosa del perdón, de la renovación de la vida, la salvación de los individuos y de toda la humanidad.

Es el Señor que da a todo sí mismo, el camino que preparar es el suyo. Un escritor utiliza esta expresión: “Dios encendió su lámpara entre las estrellas, y espera que el hombre se ponga en camino”; «Amar es esperar» (dice Simone Weil). Dios es amor en espera. Y la esperanza nace ahí donde el movimiento de Dios y el del hombre se cruzan, donde se fusionan el grito y la palabra dirigida al corazón. El lugar de la esperanza es la Navidad de Jesucristo, donde se cruzan la llegada de Dios y el camino del hombre.

El 5 de septiembre de 1900 Jesús le dice a Luisa que el verdadero amor es cuando está respaldado por la esperanza, y por la esperanza perseverante, porque si hoy esperamos y mañana no, el amor se hace enfermo, porque, como es alimentado por la esperanza, cuanta más comida le administra, tanto más se hace fuerte, robusta, tanto más vivo es el amor. Y si esto falta, primero el pobre amor se pone enfermo, y luego, quedándose solo, sin apoyo, acaba muriendo totalmente. Por eso, por lo grandes que sean nuestras dificultades, jamás, ni por un momento, debemos alejarnos de la esperanza con el miedo de perder a Jesús; más bien, debemos hacer que la esperanza, superando todo, nos haga encontrar siempre unidos con Él, y entonces el amor tendrá la vida perpetua.

don Marco

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